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Calendario perpetuo


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Nota relámpago para esta bitácora. Podría, pero no, ser una nota mental de ésas a las que sólo les permito el máximo riguroso de 140 caracteres.

La necesidad de conocer el día específico de la semana para la fecha del 14 de diciembre del 2001. Lo requiero para una novela, por supuesto. Imposible recordarlo. La búsqueda en la internet requiere ingenio, hasta que doy con el día. Viernes.

Un amigo novelista me sugiere el uso de un calendario perpetuo y… ¡caigo en la cuenta de que hay sobre mi escritorio un calendario perpetuo!, que no sé como usar. Llavero adquirido en el viaje a una playa del Sur. Ahora conozco su uso.

Entonces, para una nota mental ahora sí, anoto: Lo útil e imprescindible del calendario perpetuo en el escritorio del novelista.  Me faltó incluir una lupa, por si acaso.

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Energía sorda y constante de la voluntad 


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Hace poco escribí un artículo, Encuadrar el círculo, acerca de mi paso por el mundo de la ciencia mientras me cultivaba como escritor. Hasta la fecha se me sigue preguntando (lo hago también yo) qué me dejaron tantos años de estudio, sobre todo cómo me apropio de los aprendido para escribir novela. A la cuestión solía responder que la ciencia me dio claridad de pensamiento, rigor en la mirada, &c.

¿Volvería a estudiar ciencias? Lo ignoro, pero de renacer empezaría mucho antes a escribir de tiempo completo, lo que eso implique y signifique.

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Fin de viaje, de Woolf, a un siglo de su escritura


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El 26 de marzo de 1915, Virginia Woolf publicó Fin de viaje, su primera novela, justo a veintiséis años antes de hundirse en las aguas del río Ouse. El diario El País homenajea a la autora con un texto de Winston Manrique Sabogal que, a su vez, recomienda la biografía de Woolf bajo la pluma de Irene Chikiar Bauer: La vida por escrito. Los hechos de la novela se ambientan a inicios de la Primera y la Segunda Guerra, dejando entrever no sólo los brotes psicóticos de la artista, sino también su genialidad.

Dibujo a lápiz de Loredano.
Dibujo a lápiz de Loredano.

En palabras de Irene Chikiar Bauer sobre Fin de viaje, “Lo empezó en el verano de 1907 y lo envió a la editorial en 1913, hasta que se publicó el 26 de marzo de 1915. Buscó, como en sus principales libros, experimentar maneras menos convencionales de tratar el argumento y los personajes, lo cual requería salirse de los cánones establecidos. Se puede decir que Fin de viaje refleja las preocupaciones de Virginia Woolf durante su adolescencia y primera juventud, siendo centrales cuestiones como las dificultades en las relaciones entre hombres y mujeres jóvenes, la ignorancia sexual y el lugar en la sociedad que ocupaban las jóvenes de su clase, e incluso el efecto de la muerte prematura de la madre”. Ya en esa obra, sigue Chikiar, señala la necesidad de un cuarto propio para la protagonista, “donde poder tocar música, leer, meditar, desafiar al mundo, habitación que podía convertir en fortaleza y santuario”.

Los lectores interesados en leer esta novela, pueden descargar Fin de viaje en formato electrónico .epub desde el enlace en azul, o bien, desde el apartado La caja amarilla de este espacio.

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Terraza en Roma


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Terraza en RomaPascal Quignard, un artista en el sentido pleno de la palabra, ha esgrimido desde su inicios la maestría por la que se le conoce para la novela breve. Terraza en Roma es un ejemplo sublime: no hay aprendiz de novelista y novelista consumado que no aprenda algo de ella. El escritor Félix Romero anotó acerca de Terraza en Roma para Letras Libres:

“Terraza en Roma relata la historia de un grabador, Geoffroy Meaume, que debió vivir en el siglo XVII. La aventura amorosa de Meaume, que le fuerza a vivir en una huida permanente, recuerda la de la costurera y el viajero Heildebic de Hel de El nombre en la punta de la lengua, y su peripecia como creador se asemeja a la del poeta Maurice Sceve, que relató en un libro inédito en castellano, La Parole de la Délie, y cuya obra se había encargado de editar previamente. El escenario, Roma, también le es muy querido a Quignard, quien ha explorado la ciudad en su época clásica en sus Petits Traités y en El sexo y el espanto. Tampoco resulta desconocida la estructura de la novela, pequeños capítulos, montados como si se tratara de una película de Sergei Eisenstein, aparentemente fría, pero cargada de sensualidad y de profundidad”.

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