Génesis de una novela/objeto

  1. Concebí esta novela, aún sin saberlo, cuando cierta ocasión visité la ciudad de Mérida con los escritores Alberto Chimal y Mauricio Montiel Figueiras y los tres nos pusimos a tomar fotografías de cosas que mirábamos, sin ninguna pretensión salvo la de registrar lo novedoso en ésa nuetra primera visita a la Ciudad Blanca. Me llamó la atención (más allá de sus habilidades como buenos fotógrafos) que sus tomas eran en sí mismas pequeñas historias y detonantes de historias: ellos estaban observando el paraje, los frágiles objetos, la luz y la sombra como los buenos narradores que son. Su mirada era y es narrativa.
  2. Concebí esta novela, aún sin saberlo, cuando impartía en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia un curso de novela visual ideado por mí. Para ejemplificar el tópico de la visibilidad y la descripción precisa motivado por Italo Calvino en sus Seis propuestas para el próximo Milenio, leíamos a Cormac McCarthy y sus párrafos eficaces y breves, altamente visibles. Dije a los talleristas: McCarthy es un novelista gráfico y sus párrafos tan precisos son viñetas, muy buenas viñetas que se ilustran a sí mismas. Entonces se me vino a la mente la idea de una novela gráfica con sólo texto.
  3. Concebí esta novela, aún sin saberlo, cuando se gestó una aventura editorial a la que se invitó a ciertos autores de México para escribir argumentos (screenplays de alta calidad literaria) y con ellos resucitar el conocidísimo Libro Vaquero. ¿Qué propuesta haría yo —me pregunté— si hipotéticamente se me sumase al proyecto? En ese entonces estaba leyendo a Ovidio y sus alucinantes Metamorfosis: de súbito, al llegar al mito sangriento, altamente gráfico y gore de Tereo, Procne y Filomela, me dije que ésa sería mi hipotética propuesta, ya no para un cómic de vaqueros, sino para actualizar el mito grecolatino a un contexto propio (otra manera de nombrar mi plagio), con una mirada absolutamente personal.
Una novela gráfica ultraviolenta

Años más tarde, en un invierno lleno de ideas y creatividad, y luego de que me asaltara un vuelco de posibilidades visuales (soy altamente visual más torpe dibujando y un fotógrafo elemental), marasmos de letras y sus configuraciones, tipos individuales, colecciones de tipografías, se me apareció el surcoreano Ji Lee, quien desde adolescente y hasta la fecha cultiva un proyecto llamado Word as Image, y llegó a mis manos mucha poesía visual y concreta brasileira —posiblemente inspiradora de Ji Lee, porque Lee pasó su temprana juventud en Brasil—. Y así, en ese invierno del 2015, en algo así como un mes sin parar, realicé completo el primer de este libro, aspirando a ser lo más preciso en la descripción. La precisión es el gran reto del arte narrativo. En paralelo, concebí palabras como imágenes, repensé en el espacio y sus posibilidades dentro de un cuadrado, y llegué a esta Novela gráfica ultraviolenta.

La violencia ha sido tópico en mucho de lo que escribo, pero pretendo ante todo la representación de lo primigenio, lo elemental e instintivo que genera historias dignas de contarse, además de un reto estético y un desafío para no caer en la apología de la misma violencia. El reto de escribir la violencia estriba en ser sutiles, economizar, y jamás ser moralizantes. Nunca reproduciré la violencia sórdida de los diarios, la nota roja, el narco, el feminicidio, etc.

Una novela gráfica ultraviolenta aspira, si no a todas, sí a múltiples posibilidades visuales de la tipografía y el diseño para narrar, narrar linealmente o hacerlo en secuencialidad y yuxtaposición, incluso la misma ultraviolencia que ha hecho que sectores progres, propagadores de lo políticamente correcto, promuevan la censura, incluso la cancelación de autores como Ovidio, un creador de belleza que, para colmo, en su época sufrió de la cancelación y el exilio por su obra.

Estoy convencido de que la imagen genera la palabra y la palabra genera la imagen. No son una sin la otra: antes bien, son condición necesaria y suficiente una de la otra. Ji Lee dice que el proyecto de un artista equivale al planteamiento de un problema. Si se resuelve el problema, hay un logro, un hallazgo, incluso algo que hace mejor al mundo. La solución de mi problema no implicó sólo terminar el libro, sino tener la complicidad de alguien para publicarlo como yo lo deseaba, y sumar su aporte creativo y editorial: ella fue María Amor, entusiasta e incansable editora y miembro del equipo de Librosampleados.

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