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En el inconsciente y en el vértigo de la luz


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Escribió toda la noche sin interrumpirse en ningún momento, sin dormir; con las piernas dormidas. Se deslizaba por encima de la superficie de los acontecimientos y de las cosas —ninguna psicología, ninguna explicación aparente—, mientras sacaba a la luz la enorme riqueza de cuanto había removido. De haberse detenido un instante, de haberse cambiado de sitio o de haber abierto un libro o haberse distraído, habría bloqueado el acceso a las verdades calladas. Escribir no era otra cosa que ese flujo incontenible: poseía la cualidad ilimitada, indefinida e ininterrumpida del agua, y al mismo tiempo parecía una navegación por encima de las aguas, como si unas masas sucesivas se superpusieran en la unidad del océano. Aferrado a la mesa de trabajo como si de un escollo o un sepulcro se tratara. no podía levantar la mano de la hoja, porque de lo contrario el relato habría perdido el impulso, el ímpetu, la tendencia natural y continua: la mágica fluidez de la respiración que tanto había deseado. Comprendió que había que escribir todo de un tirón: no sólo los relatos, sino también las novelas, como La educación sentimental, que había soñado con leer de una sola vez a su auditorio: “Sólo así es posible escribir, sólo con esa cohesión, con total abertura de cuerpo y de alma”.

Fragmento de Kafka, de Pietro Citati. (Traducción para Acantilado: José Ramón Monreal).

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Pitol y el encuentro con la diosa


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Conocí la literatura de Sergio Pitol leyendo un breve volumen de sus relatos, al que siguieron las novelas Domar a la divina garza y La vida conyugal. Luego fui en busca de sus cuentos completos y me entregué a la lectura de El arte de la fuga, libro de su conocida Trilogía de la memoria al que regreso continuamente. Esa fusión de ensayo digresivo y narrativa eficaz en su obra (el autor jamás se dejó llevar por la tentación de prescindir del argumento, como se estilaba en los años sesenta) me dejó perplejo al amalgamar con gran originalidad dos géneros en uno solo. Los cuentos de Sergio Pitol, a decir de Juan Villoro, extraen su marca de fuego de una reminiscencia del pasado. Si alguien me pidiese elegir un relato del autor para llevar a la famosa isla desierta, o al desierto, éste sería Nocturno de Bujara, su cuento más poético y sugerente. Pero no podría dejar en casa Hacia Varsovia, Vals de Mefisto y Asimetría, hablo en pocas palabras del volumen Vals de Mefisto, el mejor logrado de sus libros de relato. Hace poco empecé a pagar mi deuda con El desfile del amor.

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Soledad, la novela maestra de Rubén Salazar Mallén


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Si tuviésemos que definir en breves palabras la novela Soledad, de Rubén Salazar Mallén, nos veríamos en la necesidad de decir que se trata de una obra maestra absoluta. No hay exageración al pronunciarlo. Es muy poco frecuente hallar, entre las obras de los años cincuenta del sigo pasado, una novela que pueda calificarse de actual y universal.

Sabemos que Salazar Mallén fue un escritor corrosivo, de ambivalencias, a quien el mundo literario de su época, y prácticamente el de la actual, le marginó hasta los límites. ¿Por qué razón? ¿Por sus deformidades físicas? ¿Por su carácter iracundo y la mayoría de las veces hostil? No. La causa primordial fue su férreo enfrentamiento al poder y los grupos de poder. Las vicisitudes de su existencia conllevaron la marginalidad de su propia obra y no fue extraño que se viese en la necesidad de publicar en editoriales de dudoso catálogo, como Costa Amic. Sus primeros ejercicios novelísticos debieron ser publicados en un sello llamado Ex Libris,  que a fin de cuentas no fue sino el apelativo que se inventó para una edición de autor, a la que llamó Ejercicios, entre los que se encuentra Soledad (otros de los títulos incluidos en Ejercicios son Adriana, Inexorablemente, Cándida y Ruta).

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Caja de herramientas, Ser novelista

Una línea en la totalidad [de la novela]


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Un fragmento narrativo de la novela Los demonios, de Heimito von Doderer, ilustra a la perfección, con toda seguridad sin que el autor se lo propusiera, el entrecruzamiento de líneas —a partir de una inicial bien trazada—  que nos conduce a la trama y ésta a la totalidad [de la novela].

Y sin embargo, de hecho sólo necesitas trazar una simple línea en cualquier lugar que escojas en el tejido de la vida, y su camino creará un camino a través de la totalidad y establecerá ese camino a través del cual todas las otras líneas se harán visibles sucesivamente, una por una. Por que la totalidad está contenida en el más pequeño segmento de la historia de la vida de cualquiera, en verdad incluso podemos decir que está contenida en cada movimiento: echa a andar tu máquina de tejer y lo abarcarás todo, ya sea el éxtasis, la desesperación, el aburrimiento o el triunfo, quienes llenan las movibles vasijas en su cadena sin fin de acompasados segundos.

Caja de herramientas, Ser novelista

Claude-Edmonde Magny y la travesía por el purgatorio ciego


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lettreLos enormes trabajos preparatorios a los que se entregó Valéry no son, tal vez, sino ese esfuerzo obstinado por alcanzar la integración del yo; su Monsieur Teste es la prueba. Sencillamente llevó a cabo estos trabajos con el mismo método, rigor y minuciosidad que quienes, a tientas, como Balzac, Proust o Kafka, logran alcanzar la luz tarde o temprano. En ese aspecto, todos se ponen de acuerdo con respecto a la poesía; sin embargo, es igual de cierto para la novela. La travesía por el «purgatorio ciego» es indispensable en ambos casos; a los novelistas que no se atrevieron a hacerla siempre les faltará algo. Su obra conservará un no sé qué árido y superficial, y si anhelan aparentar una emoción, su grito sonará falso. Es desde el exterior desde donde describirán el sufrimiento humano. […] El novelista puede permanecer sólo un poco comprometido con el purgatorio ciego; en su obra seguirá latiendo el «turbio latido de la miseria humana», más o menos como dice el poeta y crítico literario Matthew Arnold. Por ello, a veces ésta conservará algo de tensión y crispación casi insoportables para el lector, como en Malraux o en Faulkner, y será incluso susceptible de comprometer el equilibrio estético de la obra, como en Bernanos. Sin embargo, siempre estaremos seguros de que ante nosotros hay un «hombre». (Fragmento de Carta sobre el poder de la escritura).