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Una percepción alucinada de la verdad


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Con tan sólo tres novelas, Adriana Díaz Enciso (Guadalajara, 1964) se ha consolidado como una de las más originales narradoras de su generación, quizá porque su obra, además de la fidelidad a un bloque de obsesiones, delata destellos constantes de su vocación lírica, la claridad de sus temáticas y un mundo rigurosamente personal.

El primer texto que leí de ella fue un magnífico cuento de humor negro sobre un asesino que regresa al lugar del crimen tras un debate interior, justo como el detective que lo detendrá ha previsto. En el orden cronológico de su aparición llegaron a mis manos La sed, su ópera prima novelística, y Puente del cielo. Ambas novelas mostraron al aprendiz que era yo entonces (nunca dejaré de serlo) la evolución de un estilo y el modo en que el artista consolida ese universo que habitará junto con nosotros a partir de un encuentro insospechado e invisible. Puente del cielo es una historia inquietante de enfermedad y delirio que nos trastoca mediante su lenguaje eficaz, un laboratorio propicio de experimentación donde aparece su protagonista, Julia, y un desconocido que bien podría ser el ángel del amor o bien el heraldo que pregona la ira de Gabriel, esto es, el ángel helado de la muerte. Al paso de los años, aquel libro inquietante nos ha conducido esta tercera novela donde la prosa alcanza su mejor nivel de potencia y precisión. Estas novelas, más la reunión de sus relatos y poemas, suman un trabajo depurado: no un conjunto de libros, sino una obra.

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Día de Muertos en la antesala del Infierno


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Este 2 de noviembre cumple ochenta años de narrada la historia de un día de duración, etílica y metafísica, que nos entregara Malcolm Lowry en Bajo el volcán. El 2 de noviembre de 1938, a ocho meses de la expropiación petrolera mexicana y entre la incertidumbre política que deparaba el gobierno de Cárdenas, el británico Lowry puso en la espalda de Geoffrey Firmin, el Cónsul, la responsabilidad de un lento descenso al Infierno (Lowry inició por esas fechas la novela, a sus escasos veintiséis años, y la culminó en 1947).

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En el inconsciente y en el vértigo de la luz


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Escribió toda la noche sin interrumpirse en ningún momento, sin dormir; con las piernas dormidas. Se deslizaba por encima de la superficie de los acontecimientos y de las cosas —ninguna psicología, ninguna explicación aparente—, mientras sacaba a la luz la enorme riqueza de cuanto había removido. De haberse detenido un instante, de haberse cambiado de sitio o de haber abierto un libro o haberse distraído, habría bloqueado el acceso a las verdades calladas. Escribir no era otra cosa que ese flujo incontenible: poseía la cualidad ilimitada, indefinida e ininterrumpida del agua, y al mismo tiempo parecía una navegación por encima de las aguas, como si unas masas sucesivas se superpusieran en la unidad del océano. Aferrado a la mesa de trabajo como si de un escollo o un sepulcro se tratara. no podía levantar la mano de la hoja, porque de lo contrario el relato habría perdido el impulso, el ímpetu, la tendencia natural y continua: la mágica fluidez de la respiración que tanto había deseado. Comprendió que había que escribir todo de un tirón: no sólo los relatos, sino también las novelas, como La educación sentimental, que había soñado con leer de una sola vez a su auditorio: “Sólo así es posible escribir, sólo con esa cohesión, con total abertura de cuerpo y de alma”.

Fragmento de Kafka, de Pietro Citati. (Traducción para Acantilado: José Ramón Monreal).

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Pitol y el encuentro con la diosa


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Conocí la literatura de Sergio Pitol leyendo un breve volumen de sus relatos, al que siguieron las novelas Domar a la divina garza y La vida conyugal. Luego fui en busca de sus cuentos completos y me entregué a la lectura de El arte de la fuga, libro de su conocida Trilogía de la memoria al que regreso continuamente. Esa fusión de ensayo digresivo y narrativa eficaz en su obra (el autor jamás se dejó llevar por la tentación de prescindir del argumento, como se estilaba en los años sesenta) me dejó perplejo al amalgamar con gran originalidad dos géneros en uno solo. Los cuentos de Sergio Pitol, a decir de Juan Villoro, extraen su marca de fuego de una reminiscencia del pasado. Si alguien me pidiese elegir un relato del autor para llevar a la famosa isla desierta, o al desierto, éste sería Nocturno de Bujara, su cuento más poético y sugerente. Pero no podría dejar en casa Hacia Varsovia, Vals de Mefisto y Asimetría, hablo en pocas palabras del volumen Vals de Mefisto, el mejor logrado de sus libros de relato. Hace poco empecé a pagar mi deuda con El desfile del amor.

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Soledad, la novela maestra de Rubén Salazar Mallén


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Si tuviésemos que definir en breves palabras la novela Soledad, de Rubén Salazar Mallén, nos veríamos en la necesidad de decir que se trata de una obra maestra absoluta. No hay exageración al pronunciarlo. Es muy poco frecuente hallar, entre las obras de los años cincuenta del sigo pasado, una novela que pueda calificarse de actual y universal.

Sabemos que Salazar Mallén fue un escritor corrosivo, de ambivalencias, a quien el mundo literario de su época, y prácticamente el de la actual, le marginó hasta los límites. ¿Por qué razón? ¿Por sus deformidades físicas? ¿Por su carácter iracundo y la mayoría de las veces hostil? No. La causa primordial fue su férreo enfrentamiento al poder y los grupos de poder. Las vicisitudes de su existencia conllevaron la marginalidad de su propia obra y no fue extraño que se viese en la necesidad de publicar en editoriales de dudoso catálogo, como Costa Amic. Sus primeros ejercicios novelísticos debieron ser publicados en un sello llamado Ex Libris,  que a fin de cuentas no fue sino el apelativo que se inventó para una edición de autor, a la que llamó Ejercicios, entre los que se encuentra Soledad (otros de los títulos incluidos en Ejercicios son Adriana, Inexorablemente, Cándida y Ruta).

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