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MOLESKINE HORIZONTAL | Notas mentales del autor

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El lenguaje lo contiene todo


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Siempre puede expresarse todo, en suma. Lo inefable de que tanto se habla no es más que una coartada. O una señal de pereza. Siempre puede decirse todo, el lenguaje lo contiene todo. Se puede expresar el amor más insensato, la más terrible crueldad. Se puede nombrar el mal, su sabor de adormidera, sus dichas deletéreas. Se puede expresar a Dios, lo que no es poco. Se puede expresar la rosa y el rocío, el lapso de la mañana. Se puede expresar la ternura, el océano tutelar de la bondad. Se puede expresar el porvenir, los poetas se aventuran en él con los ojos cerrados, el labio fértil.

Puede decirse todo de esta experiencia. Basta con pensarlo. Y con ponerse a ello. Con disponer del tiempo, sin duda, y del valor, de un relato ilimitado, probablemente interminable, iluminado —acotado también, por supuesto— por esta posibilidad de proseguir hasta el infinito. Corriendo el riesgo de caer en la repetición más machacona. Corriendo el riesgo de no salir victorioso del empeño, de prolongar la muerte, llegado el caso, de hacerla revivir incesantemente en los pliegues y recovecos del relato, de ser tan sólo el lenguaje de esta muerte, de vivir a sus expensas, mortalmente.

¿Pero puede oírse  todo, imaginarse todo? ¿Podrá hacerse alguna vez? ¿Tendrán la paciencia, la pasión, la compasión, el rigor necesarios?

Jorge Semprún, La escritura o la vida. 

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Joan Coromines y el origen de las palabras


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Sobre su magnífico Diccionario Etimológico Abreviado de la Lengua Castellana, el propio Joan Coromines, su autor, afirma:

«Decir a quiénes y para qué se destina es dar un libro la mejor definición. Éste se ha escrito para el público no especializado en lingüística, con objeto de informarle breve y claramente de lo que se sabe acerca del origen de las palabras castellanas comúnmente conocidas por la gente educada. He pensado, pues, en cuatro tipos de lectores: estudiantes de todas las disciplinas, aunque acordándome de que los de ciencias humanísticas y filológicas lo emplearán, naturalmente, más que otros; extranjeros cultos que tratan de adquirir del castellano un conocimiento algo sistemático, no meramente práctico; profesores que enseñan cualquier materia, eruditos no lingüistas y lingüistas especializados en otras lenguas, romances o no romances; y, en general y muy especialmente, todo el público educado de lengua castellana que no se contente con un conocimiento superficial de su idioma.»

Descarga el Diccionario Etimológico Abreviado de la Lengua Castellana, de Coromines, en formato PDF.

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El arte de la novela breve [taller]


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Reabro mi taller de novela breve en el Centro Cultural Elena Garro. El desafío de este taller es escribir el borrador de una ‘nouvelle’ en tres meses mientras se realizan lecturas pertinentes y sesiones de crítica grupal. En emisiones anteriores, algunos talleristas han finalizado el reto, publicado su obra y hasta obtenido premios literarios. Mayor información en el email indicado por el flyer o en isaimoreno@gmail.com.

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Look again!


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Gracias a John Berger me acerqué a otras modalidades de narrar, a nuevas maneras de la crítica y a un tipo original de novelas. Su inclinación nata a la escritura (en la que también pintaba, como lo hiciera ante un lienzo en sus comienzos de creador) nunca impidió que también fijase la mirada en la fotografía. Debo a sus libros respecto al arte de mirar, o aquellos donde plasma su particular visión —siempre la del novelista asombrado— en la visión de otros a través del ocular de una cámara, el cambio radical en mi percepción no sólo de la fotografía, sino la de la literatura. Sin John Berger y su Otra manera de contar, no habría creado ese taller de novela visual que llevo años impartiendo, y que a veces acaba aterrizando en la novela gráfica. Quizá él nunca se formuló la siguiente pregunta, pero yo sí a partir de su obra: ¿qué hace un narrador cuando tiene una cámara fotográfica en las manos? Desde la lectura de Otra manera de contar podría decir que abrí los ojos y me entregué a cierta maravilla escondida, a los ejercicios narrativos de muchos colegas escritores con cámara fotográfica en su poder. Más aún, desde ese libro maravilloso logré sospechar cómo los mejores autores saben ver con los ojos cerrados y tras los párpados proyectar el cine de la mente de la verdadera literatura. Su partida es la pérdida de un artista absoluto.

A continuación comparto cuatro libros descargables de Berger: Modos de ver (un clásico de siempre), Cómo crece una pluma, Mirar, y el arriba citado Otra manera de contar.

Lo despido con el documental del 2016 The Art of Looking, cuya dirección corre a cargo de Cherie Dvorák. Look again!, look again!, repetía siempre Berger a sus amigos.

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Un ojo me mira desde el vaso


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En el oriente de Ciudad de México, un amigo escritor me habla entusiasta de su proceso creativo con fotografías, texto, multimedia, &c., mientras yo escucho fascinado, tomo notas mentales de sus ideas y a la par explico mis propios puntos de vista sobre el acto escritural, ante todo el de una novela cuya revisión me obliga a amplias ausencias de la realidad. Así, el amigo entrañable continúa sus disertaciones. Yo oigo su voz pero de pronto ya no escucho, estoy pensando en la novela que me tiene exhausto. Incluso me digo: No debería estar aquí, bebiendo CocaCola, sino corrigiendo un par de cuartillas justo ahora. Creo que me siento culpable de hallarme en el Café Mictlán, no oyendo a mi interlocutor, no disfrutando del merecido descanso. Tengo remordimiento y no entiendo por qué, pues trabajo duro en aquella novela y ejerzo mis creencias en la constancia, sin mencionar mi veneración al rigor. A los pocos minutos me percato del efecto subliminal proveniente desde mi vaso. Un ojo me observa con fijeza. Está escrutándome, listo para atacar con la pupila acusadora. O bien, mira al vacío donde estoy sentado, un vacío porque apenas atiendo a quien habla y sugiere ideas para tomarme un pequeño retiro, terminar de una vez por todas la revisión de la novela. Un vacío a causa de que estoy hipnotizado por esa lente monofocal, obedeciendo el mandato de registrar la imagen con la cámara fotográfica y quedármela para siempre como flagelo.