Autor: Isaí Moreno

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Mi experiencia como tutor de Jóvenes Creadores


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Poco después de arrancado este siglo, fui becario del programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela. No exagero al decir que mi vida como creador se trastocó por este estímulo: más que un premio fue el compromiso a un año exhaustivo de trabajo, de enfrentamiento a la crítica, ya no en los talleres literarios particulares que había tomado, sino ante un tutor/escritor profesional y un puñado de compañeros rigurosos, cuya obra, además de actualmente publicada, se está ganando ahora mismo su espacio en las letras mexicanas. La novela que en aquel entonces terminé (y que por honestidad intelectual decidí no someter a dictamen editorial) me sirvió para encontrar la voz de otra que cristalicé y publiqué un año después (Adicción, en Joaquín Mortiz), además de consolidar el mundo de un libro de relatos que, pasado el tiempo más decenas de revisiones, abandona al fin su cómodo nicho en el escritorio para irse a la imprenta: su nombre: Café Sarajevo.

Las becas de Jóvenes Creadores del FONCA le cambian la vida a un creador en ciernes.  Fui uno antes y después de esa experiencia: ahora resisto mejor los golpes, mi piel se ha endurecido y, lo mejor, ahora soy mejor crítico de mí mismo.

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Ser novelista

Una percepción alucinada de la verdad


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Con tan sólo tres novelas, Adriana Díaz Enciso (Guadalajara, 1964) se ha consolidado como una de las más originales narradoras de su generación, quizá porque su obra, además de la fidelidad a un bloque de obsesiones, delata destellos constantes de su vocación lírica, la claridad de sus temáticas y un mundo rigurosamente personal.

El primer texto que leí de ella fue un magnífico cuento de humor negro sobre un asesino que regresa al lugar del crimen tras un debate interior, justo como el detective que lo detendrá ha previsto. En el orden cronológico de su aparición llegaron a mis manos La sed, su ópera prima novelística, y Puente del cielo. Ambas novelas mostraron al aprendiz que era yo entonces (nunca dejaré de serlo) la evolución de un estilo y el modo en que el artista consolida ese universo que habitará junto con nosotros a partir de un encuentro insospechado e invisible. Puente del cielo es una historia inquietante de enfermedad y delirio que nos trastoca mediante su lenguaje eficaz, un laboratorio propicio de experimentación donde aparece su protagonista, Julia, y un desconocido que bien podría ser el ángel del amor o bien el heraldo que pregona la ira de Gabriel, esto es, el ángel helado de la muerte. Al paso de los años, aquel libro inquietante nos ha conducido esta tercera novela donde la prosa alcanza su mejor nivel de potencia y precisión. Estas novelas, más la reunión de sus relatos y poemas, suman un trabajo depurado: no un conjunto de libros, sino una obra.

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Ser novelista

Día de Muertos en la antesala del Infierno


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Este 2 de noviembre cumple ochenta años de narrada la historia de un día de duración, etílica y metafísica, que nos entregara Malcolm Lowry en Bajo el volcán. El 2 de noviembre de 1938, a ocho meses de la expropiación petrolera mexicana y entre la incertidumbre política que deparaba el gobierno de Cárdenas, el británico Lowry puso en la espalda de Geoffrey Firmin, el Cónsul, la responsabilidad de un lento descenso al Infierno (Lowry inició por esas fechas la novela, a sus escasos veintiséis años, y la culminó en 1947).

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