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Globalización


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He estado pensando que si el dueño de la Trump Model Management, ostentoso como sólo él, llega a ser alguna vez presidente de los EE.UU., no sería lo peor que puede pasarle a la Humanidad. Lo peor es la globalización y, como yo, Trump es enemigo a muerte de la globalización. Dudo de sus posibilidades reales de ser el candidato republicano para contender por el puesto del hombre más poderoso del planeta, pero aquellos meses llegué a desear por alguna razón que lo fuese, quizá por algo tangible y de aparente inconexión con el caso: la cercanía de mi vencimiento de contrato inmobiliario, el cual deseaba renovar a toda costa porque mi vida en El Niño Jesús estaba cimentada ahí. Hablé por teléfono al café de Augusto (amigo entrañable que hice en el barrio), un sitio espléndido llamado Cafellini en honor al célebre cineasta italiano. Al parecer, le conté preocupado mientras él manipulaba las palancas de su máquina para invitarme un expreso, mis caseros tienen planes con respecto a ese inmueble, y uno de ellos es tenerme fuera de ahí, por lo que me condicionan a pagar un depósito fuerte si deseo continuar. Ah, cabrón, exclamó él tras escuchar la cifra del depósito, con eso pagaría medio año de renta de este local. Mesándose los cabellos, me cuestionó si realmente pretendía seguir viviendo ahí. Asentí. Me recomendó pedir consejo a su primo Fer, el párroco. Lo más seguro es que estás obstinado, me dijo Augusto, de seguro él te hará entrar en razón, si no, al menos te quita la necedad con agua bendita. Sí que deseaba seguir en la zona, le expliqué al primo sacerdote, porque ya me había integrado al espíritu de la colonia, amaba incluso los postes de cada calle, el cablerío sobre éstos y todo lo pertinente a El Niño Jesús. Aunque es un barrio cohetero, seguí diciendo al primo de Augusto, es también un lugar de gente apacible. Irme de ahí, por otra parte, implicaba dejar lejos el Cafellini, abandonar la posibilidad de llegar cuando yo quisiera y oír la cafetera de mi amigo despidiendo vapor mientras él bromeaba alegre con los empleados y Fellini, el loro mascota del lugar, lanzaba vivaces chillidos desde su jaula, espulgándose el plumaje verde y remedando a los clientes. Pues sigue, arréglatelas para continuar en el lugar que amas, sentenció tras el confesionario Fer, hombre de cuerpo bonachón y carácter lacónico. Así fue como, apoyado en mi raquítica nómina de una editorial, pedí un préstamo bancario para pagar el depósito abusivo a mis arrendadores.

Mis caseros. Se trataba de dos hermanos, los Malagón, opuestos en carácter, quisquillosos ambos pero mucho más el promogénito. De él me decían los demás inquilinos que no se comería nunca un plátano. ¿Cómo?, les preguntaba sin entender. Y me explicaban entre expresiones de sarcasmo que no se comería un plátano por no tirar la cáscara. Del más joven me comentaban que fue profesor de literatura en un escuela de Comunicación, o Derecho, no recuerdo bien. El mayor que tenía un máster en Finanzas, lo cual se me hacía verosímil cuando pasaba a cobrar la renta como venido de un banco, y sus corbatas elegantísimas, con un nudo tan pequeño que me parecía que estaba estrangulándolo, le daban el porte austero, hasta diría elegante, de un corredor de bolsa: pulcro todo él, a excepción de sus manos que luego describiré. De ellos me decían (y eso pude corroborarlo) que trataban de maravilla a los inquilinos extranjeros y menos bien a los nacionales. De ellos me decían que hicieron su fortuna debido a las monedas de oro que hallaron en ollas de barro enterradas en una pequeña finca heredada por su madre. De ellos me decían que cada año iba uno al Vaticano, y el otro a Jerusalén. De ellos, los hermanos Malagón, me decían que nadie se explicaba por qué les iba tan bien en la vida siendo como eran, y yo tampoco lo entendía: sólo hasta explicarme alguien la fuente de su caudal en términos budistas de karma y dharma. El Niño Jesús está lleno de budistas, veganos y gente que practica yoga, lo cual los hace ciudadanos menos conflictivos, al contrario de la gente en otros barrios ante la cual uno se lleva la mano a la cintura en busca de una hipotética pistola para defenderse, o a la cartera, para no ser estafado por otros caseros mendaces. Por esa razón, mis vecinos colmados de paz Zen, tampoco deseaba irme de El Niño Jesús.

Con el préstamo bancario pagué los cuatro meses de depósito que me exigía el mayor de los hermanos para rentarme un año más el departamento y, así, no alterar dramáticamente mi vida. Aún no sabía de ilícitos civiles, de códigos o demás detalles, y cuando años después leí las leyes que éste infringiera, me enojé demasiado, al grado tal de que ya no me refería al hermano mayor como mi casero, sino como mi arrendador cicatero, y ello no sólo no me daba paz: denotaba mi incapacidad para hallarle el adjetivo correcto. Casero avaro le venía bien. De hecho, casero es ya sinónimo de avaro: ahora que soy experto en el tema, no sólo porque he tratado a muchos caseros antes y después de él, sino porque preparo un ensayo erudito al respecto, sé que a todos les queda el mote, pero no es el preciso aún: intuyo que cuando lo halle contendrá el término contraventor. El hermano menor era experto en desviar la atención a mis reclamos por el cobro arbitrario del agua, del gas, que él mismo se encargaba de tasar en lugar de hacerlo las compañías reguladoras calificadas: sabía ser simpático cuando me lo encontraba a la salida, se sacaba siempre de la manga un halago (no sé cómo le haces para verte tan bien si casi no duermes, no olvides que nos debemos una partida de ajedrez, envidio tu condición cada que que subo estas escaleras infames, etc.) y de su boca brotaban magníficas citas literarias o bromas sutiles acerca de la cotidianidad, que suele ser sutil en el fondo, de modo que yo podía vivir con ello: pagar por gas que casi no consumía porque detesto cocinar y porque de mi padre aprendí a bañarme con agua fría a las seis de la mañana. La avaricia es la avaricia, empero, y eso lo concebí cierto día ante el hermano mayor, quien se plantó ante mi puerta con la corbata desanudada, sin mencionar su fanática puntualidad para recibir su pago. Si debiera describir la avaricia, no recurriría al diccionario ni a un contrato de arrendamiento mañosamente elaborado, sino a movimientos nerviosos de los dedos del hombre contando una y otra vez un fajo de billetes, seguidos de la acción de guardarse en el bolsillo de la camisa una moneda de diez pesos como quien no quiere la cosa, con sus dedos nudosos, como si no fuese mi cambio, y yo callado mirando, jurando en vano que un día habría de probar un bocado de su propia sopa. La avaricia es algo que ocurre ante nuestros ojos mientras guardamos silencio y se nos envenena el alma. (Respecto a las caseras que he tenido, me llevaré a la tumba el secreto de cómo detectar la ruindad en una mujer).

No volví a ver al hermano menor durante mucho tiempo, porque se había ido a estudiar un máster en finanzas para semejarse a su hermano (esto es, cedió a su primera tentación del capitalismo acudiendo a perfeccionar su rapacidad en el extranjero), y el mayor me pidió depositarle por vía electrónica los pagos. He ahí el asunto: yo miraba desde el navegador de internet los estados de cuenta del banco, donde había ya elevados intereses por el préstamo adquirido para el depósito inicuo. Ése era realmente mi problema, además del de pagar la renta al curso y los servicios. La globalización ha permitido, con las políticas del Banco Mundial, infinidad de crímenes financieros en perjuicio de los pobres cuentahabientes. Banqueros cicateros. (Cuando el adjetivo no describe, mata, decía el poeta). Banquero es ya en sí mismo sinónimo de ladrón, para qué recurrir al pleonasmo. Me estaba ahogando, debí admitir, y me atragantaba por las noches en pensamientos del mal hacia el casero mayor y hacia los banqueros. A él deseaba dolores de cálculos en el riñón. A mis acreedores banqueros, que cayese un meteorito sobre su casa matriz.

Contando los meses que aún restaban para recibir de vuelta mi depósito (si es que se me devolvía completo tras meticulosa revisión del inmueble), me di cuenta de que sin ayuda divina no podría resolver mi problema financiero. Corrí al Cafellini a pedir el auxilio de Augusto, no a él, directamente, sino en el papel de intermediario. Nos dirigimos a pie a la parroquia de Fer, quien es hoy por hoy uno de mis mejores amigos. Él no sólo escuchó mis injurias contra los banqueros y el hermano experto en economía internacional, en finanzas, en temas de política y orden mundial (de los que ya hablaré), además de docto en el arte de exprimir a sus inquilinos. Fer mostró ser un buen católico prestándome un excedente del dinero para pagar la deuda: sin intereses, y con la única condición de que se la liquidase cuando me fuese devuelto el depósito. Augusto y yo volvimos a su café. Reconfortado, miré desde mi banquillo ante la barra de formica roja el cartel de E la nave va que decoraba el fondo del establecimiento. Así como en la imagen del rinoceronte sobre la lancha, yo era llevado a flote para no sucumbir al peso de un derrumbe financiero, mas era imposible salvarme de la nostalgia a futuro porque, ahora sí, sabía lo necesario de partir. El alma se me quebraba. Debía irme de ahí: la vida no está sujeta a las coordenadas de un sitio: la vida es esa suma de lapsos que transcurren mientras nos mudamos de un sitio a otro.

(Ahora vivo lejos de El Niño Jesús, en un barrio del Centro Histórico colmado de imágenes coloridas de San Judas Tadeo: es más tumultuoso y más ruidoso, pero está lleno de vida y ajetreo cultural. Aquí no hay yoguis, pero sí boxeadores. Y un verdadero boxeador es alguien que tiene instinto de asesino, me dijo mi nuevo amigo, B.B., porque sin alma de asesino no puedes llegar al round doce de una pelea. Esa filosofía me cautivó, empecé a llamar sensei a B.B., sensei de la existencia, mientras sanaba de mis heridas por haber partido.)

Una vez entregada la llave del inmueble al portero, tras revisar que no olvidaba nada en ese espacio que tanto había querido, recordé agravios del hermano mayor y quise dejar ir los agravios. Sigo deseando no convocar su imagen, como lo hice al pasar por el estacionamiento del pequeño condominio, y recordar que justo ahí, cierta ocasión, me había subido él también los pagos del gas. Con un gusto amargo en la boca, invoqué su modo de explicarme el aumento: carecía de la gracia tan propia de su hermano, en cuyo fondo estaba la jiribilla del verdadero estafador, y misma por la que estaba uno dispuesto a pagar. El otro Malagón me argumentó, en un tono que pretendía ser críptico, algo relativo a la volatilidad de los mercados, pero también me habló de los conflictos de Medio Oriente, sumando a su argumento el precio del barril de petróleo en Arabia Saudita. Por alguna razón salió Irak en el asunto, incluida la Guerra del Golfo finalizada hacía mucho. También China. Globalización de mierda, me dije. Pasé a Cafellini a despedirme de Augusto, a quien tardaría años en volver a ver. Fellini, el loro, silbaba en su jaula imitando el sonido de una sirena que terminaba de pasar. Sobre la barra de servicio reposaba una revista de espectáculos que distraídamente hojeé. Entre los chismes de sus páginas aparecía Donald Trump como protagonista del descontento por parte de sus modelos, una de las cuales amenazaba con demandar al empresario depredador. Por qué chingados no, pensé, por qué no averiguan mis vecinos del norte lo que pasa con él en el poder, me dije, y que se acelere la destrucción, me dije, pero al menos ese hijo de puta va a fracturar los tratados internacionales, Como mínimo, seguí diciéndome, vulnerará las políticas globales y entonces se irá por la alcantarilla este tipo de mierdas, de cuentos inverosímiles para que gente sin escrúpulos venga a vaciarnos los bolsillos, o los banqueros se regodeen con crímenes de cuello blanco.

Vuelvo al momento en que me despedía de la vivienda, con el portero asomando desde el pasillo a la espera de la llave (su olfato debía ser más agudo que el de mi propio casero). Mi ya para entonces excasero había salido minutos antes, bastante apresurado a sus ocupaciones financieras, no sin revisar con meticulosidad cada detalle del inmueble: hasta el mínimo rayón buscó en la extensión de los muros, desperfectos en las chapas de las puertas, fallas en las llaves del inodoro y el fregador, o detalles visibles sólo para él, olfateando con su nariz fina y alargada los espacios, los tiempos, con el fin de cobrarse lo que pudiese del depósito aún en su bolsillo. Tómate unos minutos para despedirte de tu departamento, dijo una vez que me hubo entregado mi dinero. Exploré también las habitaciones, pasando los dedos por las cálidas paredes beige. Abrí por última vez la llave del fregador: en la parte inferior de la tarraja empezaban a explorar el territorio pequeñas cucarachas salidas de no sé dónde (signo inequívoco de que eran las vencedoras fortuitas). En mi trayecto a la salida, sentí un placer malsano al tomar dos billetes de baja denominación del fajo para Fer, lanzándolos sobre la alfombra e imaginando cómo mi excasero se ponía de cuclillas para recogerlos, antes de llevárselos, muy posiblemente con un movimiento sigiloso de los dedos, al bolsillo de la camisa.

Salí de El Niño Jesús mientras avanzaba en la calle hacia mí, proveniente de Los Reyes, una procesión de chinelos. En lo alto empezó a sonar el coheterío.

 

Este relato fue publicado originalmente por Nagari Magazine en 2013. © Isaí Moreno

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