Crónicas de cuarentena

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Un astro estalla en una pequeña plaza y un pájaro pierde los ojos y cae


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Por iniciativa de Nortestación Agencia de Letras, editorial del norte del país, he leído para su proyecto Letras Desde la Contingencia mi relato intitulado Un astro estalla en una pequeña plaza y un pájaro pierde los ojos y cae. El video de mi lectura puede verse en el canal de Facebook de Nortestación o pulsando aquí. En el mismo, ofrezco un ebook con el texto para su descarga gratuita. Aquí está, en formato EPUB y PDF. ¡Disfrútenlo!

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El arte de dar forma a la vida de la mente


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Descubrí mi hipocondria tras ver la película Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto. En una de las escenas climáticas, al personaje interpretado por Victoria Abril le hienden un sacacorchos en la rodilla: al salir de la sala de cine, yo iba renqueando adolorido de la rodilla derecha y mi afección desapareció hasta dos días después.

He tenido padecimientos de todo tipo debido a mi mente: gastritis, neuralgias, colitis, cefaleas, vértigos y fiebres.

En 2009, hace once años y por esta época justamente, se declaró un estado de alarma en el mundo a razón de la influenza causada por el virus A-H1N1, de la que sería imprudente afirmar que se trató de una conspiración, pero también ingenuo creer todo que se dijo tal cual se dijo. Los síntomas de un enfermo de influenza por A-H1N1 son fiebre elevada, náusea, vértigo y sudoración. Recién había abierto mi cuenta de Twitter, y seguía, alarmado, las cifras de infectados en todo el mundo. Cada tuit en mi recién estrenado microblogging era un presagio de la calamidad. Pensé mucho en ello, salí a las calles con cubreboca (los geles apenas empezaban a ponerse de moda). Caminé o conduje mirando las calles desiertas, como las de ahora. Volvía a casa a escribir, pero siempre pegado a mi timeline de Twitter. Lo inevitable llegó: una tarde se elevó mi temperatura corporal, sentí vértigo y todo el cuerpo cortado. No era una fiebre común, alcanzó casi los 40º C, corroborados por un termómetro digital. En la farmacia, compré antibióticos cuando aún los vendían sin receta. Volví a casa dando tumbos de ebrio, con el mundo girando en derredor mío. Mis manos parecían arder, mi vientre, mis piernas. 41º C. Me voy a morir, me dije. Y sólo pensé en lo que tenía escrito sin publicar, mismo que guardé cuidadosamente en una memoria USB para entregárselo a alguien de mi confianza. Empezaba a ver visiones. Si esto sigue una hora más, me dije, me tomo los medicamentos o voy al hospital. Pero los rumores decían que los pasillos de los hospitales estaban llenos de cadáveres. Yo no quería ser uno más de esos cuerpos. A las dos horas, sin haber tocado los antibióticos, la fiebre empezó a bajar, también el vértigo y las náuseas. El sudor frío persistió un poco más, a la vez que me regresaba el deseo por vivir y de pronto, a las dos de la mañana, o tres, tuve hambre y me fui a cenar algo a la cocina. A la mañana, no había ningún síntoma, y supe que todo había sito producto de mi mente. Alguien me ha explicado ahora que a la gente altamente sugestiva le sube la temperatura de esa manera si cree que está enferma, aun en ausencia de infección.

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