Malcolm Lowry

Ser novelista

Día de Muertos en la antesala del Infierno


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Este 2 de noviembre cumple ochenta años de narrada la historia de un día de duración, etílica y metafísica, que nos entregara Malcolm Lowry en Bajo el volcán. El 2 de noviembre de 1938, a ocho meses de la expropiación petrolera mexicana y entre la incertidumbre política que deparaba el gobierno de Cárdenas, el británico Lowry puso en la espalda de Geoffrey Firmin, el Cónsul, la responsabilidad de un lento descenso al Infierno (Lowry inició por esas fechas la novela, a sus escasos veintiséis años, y la culminó en 1947).

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Bajo el volcán


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Para escribir, hay que ventilar de vez en cuando los bronquios y liberar el flujo adrenalínico que origina emociones. Acosado por este pensamiento abandoné el escritorio y partí del mundo acelerado, hiperbólico, a un retiro escritural al pie del volcán, suceso apenas novedoso si se piensa en el terrible Lowry y sus evocaciones etílicas. Pero ése era mi viaje para volcar palabras. ¿Por qué al volcán? Es posible que el inconsciente me guiara, o el instinto, no siendo yo nadie para impedirlo. Presiento que tenía la deuda del retorno a sitios que recorrí en la infancia. Si la Tierra se expresase también por escrito, otra sería la Historia; también ella ventila sus conductos por aberturas horadadas en la roca, una de ellas el cono granítico del Popocatépetl. Por naturaleza, la Tierra se sacude en estornudos geológicos y sus volcanes erupcionan, ofreciendo espectáculos que pueden presenciarse vía satélite y electrónica. A lo largo del Anillo de Fuego coronado por volcanes, la Tierra expresa su emoción intensa. El consonántico Eyjafjallajökull, el estruendoso St. Helens, el turístico Mauna Loa, el devastador Krakatoa, los asesinos Etna y Vesubio… y el sacro Pococatépetl (en náhuatl, monte que humea, de 73, 000 años de antigüedad y 5, 450 metros de elevación) son todas ellas elevaciones activas, prontas al fuego y la tentación por lapidarnos.

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