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Bajo el volcán


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Para escribir, hay que ventilar de vez en cuando los bronquios y liberar el flujo adrenalínico que origina emociones. Acosado por este pensamiento abandoné el escritorio y partí del mundo acelerado, hiperbólico, a un retiro escritural al pie del volcán, suceso apenas novedoso si se piensa en el terrible Lowry y sus evocaciones etílicas. Pero ése era mi viaje para volcar palabras. ¿Por qué al volcán? Es posible que el inconsciente me guiara, o el instinto, no siendo yo nadie para impedirlo. Presiento que tenía la deuda del retorno a sitios que recorrí en la infancia. Si la Tierra se expresase también por escrito, otra sería la Historia; también ella ventila sus conductos por aberturas horadadas en la roca, una de ellas el cono granítico del Popocatépetl. Por naturaleza, la Tierra se sacude en estornudos geológicos y sus volcanes erupcionan, ofreciendo espectáculos que pueden presenciarse vía satélite y electrónica. A lo largo del Anillo de Fuego coronado por volcanes, la Tierra expresa su emoción intensa. El consonántico Eyjafjallajökull, el estruendoso St. Helens, el turístico Mauna Loa, el devastador Krakatoa, los asesinos Etna y Vesubio… y el sacro Pococatépetl (en náhuatl, monte que humea, de 73, 000 años de antigüedad y 5, 450 metros de elevación) son todas ellas elevaciones activas, prontas al fuego y la tentación por lapidarnos.

Elegí la ciudad de Cholula para el retiro; sitio otrora ceremonial ante dioses de piedra, en la actualidad se postra frente a santos porcelanizados. Es memoria a modo de calles. Se trata de un lugar apacible cercano a la capital de Puebla y remanso de emociones contenidas. El viajero que de visita por México incluya en su itinerario Cholula, tendrá a la vista un pico nevado, de faldas azules, que podría asociar y hasta confundir con la forma del emblemático Fuji-san, con el cráter apuntando en ángulo de casi 45 grados a la ciudad. Tras pensar en el Fujiyama invoqué también al Kilimanjaro, pero éste y el monte nipón han tenido escasa actividad reciente, esto es, poca emoción soltada a pulso de fumarolas. Existe en las inmediaciones un grupo de gente denominado guardianes del volcán, también tiemperos, que nombra Don Gregorio al pico (Don Goyo) y le dedica plegarias y ofrendas. A las faldas del primer aludido me instalé para revisar mi más reciente novela breve, dando a la par los toques finales a un artículo sobre las novelas generadas en la Zona Cero de Nueva York, a diez años del 11-S (un día también de cenizas). Si el 11-S fue una fecha de emociones exacerbadas, odio y terror, cuando el Popo sólo ha esbozado su emoción irracional, sublime y pura, vítrea, candorosa. Mi novela requería su tiempo, ¿para qué obligarla a la prisa de la que me alejaba? Mucho me temí la caída en un tiempo muerto del que ignoraba cuánto duraría. Salí a las calles, en las que es obligado visitar el Enamorada, café restaurante emblemático donde actuaron María Félix y Pedro Armendáriz. Cholula se yergue majestuosa a las faldas del volcán que, de continuo, amenaza con sepultarla, tecleé en Twitter. Volví al intento escritural pero deshice más cuartillas de las escritas; por Twitter discutí con mi amigo escritor Jaime Mesa sobre la propiedad totalizadora de la novela y los silencios en la novela. Silencios. Qué mejor remedio para éstos que respirar la brisa matutina que purifica la atmósfera cholulteca, dejando ver las más de trescientas cúpulas religiosas que, permítaseme el sacrilegio, veneran a Don Goyo. Por todos lados de la ciudad se respira una atmósfera mística y algunos lugareños practican el ritual de asomar al atardecer por la ventana: miran hacia el pico, posiblemente se prosternan ante esa bomba de tiempo. Contemplar el hecho y emocionarse hace que se suponga una vinculación más que desoxirribonucleica con esa gente. Se camina por el parque humedecido de lluvia y se duda, porque quizá eso supere a la escritura contenida, silenciosa. Decía Juan Rulfo que en la literatura hay tiempos muertos que son tiempos de silencio. Mejor elegir el movimiento. Vida y muerte se debaten en la frontera de lo que se mantiene inmóvil. Partí al otro lado del volcán.

Al paso de las carreteras que cruzan los territorios de Puebla, Morelos, México y el Distrito Federal, el viajero y conductor debe atender las alertas del semáforo volcánico al lado de los cruces y casetas de cobro vial (señales del Centro Nacional para la Prevención de Desastres): verde: normal; amarillo: alerta; rojo: alarma. Para ir al extremo opuesto del volcán y verlo como cono perfecto, se puede atravesar el Paso de Cortés, por el que según la leyenda atravesó el enviado virreinal y uno de sus emisarios violó la santidad de la cima ingresando al cráter para extraer azufre, o sea, pólvora. En auto puede transitarse por la carretera federal, y tomar un desvío hacia la zona por San Rafael Ixtapalucan. Quien viaje por autobús, tendrá el paso casi obligado del Distrito Federal, para llegar por la desviación de Chalco. En el año 2005, antes de una de sus erupciones moderadas, el cráter exhaló cenizas que se depositaron en las ciudades aledañas; la misma capital se cubrió de un manto grisáceo, casi blando, que me evocó la sal llovida sobre Sodoma. México D. F. se desertizó un par de días y miré con azoro sus calles solitarias. Las escasas almas que deambulaban como espectros, complementados sus atuendos con cubrebocas, trajeron a mi mente ocurrencias apocalípticas, tentaciones del Fin de los Tiempos; mucha gente especuló y se previno revisando rutas de salida en los mapas, o cotilleó sobre el alcance piroplástico y de lava en caso de que la erupción se violentase. Yo mismo imaginé las calles capitalinas inundadas de magma líquido, una vez sepultadas ciudades próximas como Cholula, Cuernavaca y Amecameca.

Justo me dirigí a Amecameca, en el estado de México, para ventilar mis ideas en el intento reconstructor de sitios que pisé en la infancia. Amecameca, a la que se llega por la carretera aledaña a Tlamacas, a veinte minutos de México D. F., es una ciudad igualmente pequeña, desde cuyo Sacromonte se contempla una visión espectacular del volcán, con la montaña Iztaccíhuatl en forma de mujer al lado. Eso recuerdo de la infancia, con mis pequeños prismáticos pegados a los ojos. Qué desilusión era no poder mirar la elevación estratovolcánica cubierta de neblina a la llegada de un sólo día. Recorrí Amecameca acompañado de mi querida Evelyn Moreno, escritora, quien se me unió en el D. F. a tres cuartos del trayecto. Dejen que se disipe la niebla, nos indicaron los pobladores. Pintoresca, tradicional, Amecameca se extiende llana ante el volcán que, también de continuo, la amaga con sus estruendos, los mismos que retumban una y otra vez en la Cuernavaca de Bajo el volcán. Es patente en la actitud de los habitantes su reverencia al pico; hacen una suerte de turismo discreto con la oferta de salidas a sus faldas y atractivos paquetes de turismo fotográfico, incluido el hospedaje en económicas cabañas. Lecciones de fotografía al pie del Popo: quizá porque la fotografía eterniza sucesos, y ellos, sabedores, plasman en cromos instantes de distintas etapas eruptivas, cerrando sus series fotográficas con fotos del cono bañado en lava que bien podría desparramarse un poco más, hasta las calles de la ciudad. Recorrimos las avenidas empedradas y el parque, con la brisa del volcán soplando en nuestras caras, fría y estimulante. No estando, estaba. Íbamos con una alegría exacerbada por mirar el pico desde el Sacromonte. Esperamos sin éxito a que bajase la neblina. Decidimos descender, internarnos en las calles y entrar al templo dominico de la zona, de cuatro siglos de antigüedad. A la salida esperaban los puestos del mercado local, desfilamos por éstos mirando las ofertas de licores de semillas. ¿Hasta cuándo vamos a ver el Popo?, me apremió Evelyn. No lo sé, le respondí, pero creo que no podemos perdernos un poco de estas bebidas grandiosas. Licor de pistache. Licor de nuez. Licor de piñón. Licor de almendra. Tras prueba y prueba, las porciones de bebida nos hicieron efecto…

El tiempo se desdibujó. Caminamos cuasi ebrios por las calles, volvimos al mercado y al parque principal hasta quedar completamente aturdidos, sabrá Dios cuánto tiempo más, sabrá si tirados en el piso o en las bancas para que en el posterior instante, ¡ay asombro!, abriésemos los ojos. Ante nuestra mirada estaba el Popocatépetl, de nieves perennes, presto a entregarnos la revelación.

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