Crónica

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Un ojo me mira desde el vaso


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En el oriente de Ciudad de México, un amigo escritor me habla entusiasta de su proceso creativo con fotografías, texto, multimedia, &c., mientras yo escucho fascinado, tomo notas mentales de sus ideas y a la par explico mis propios puntos de vista sobre el acto escritural, ante todo el de una novela cuya revisión me obliga a amplias ausencias de la realidad. Así, el amigo entrañable continúa sus disertaciones. Yo oigo su voz pero de pronto ya no escucho, estoy pensando en la novela que me tiene exhausto. Incluso me digo: No debería estar aquí, bebiendo CocaCola, sino corrigiendo un par de cuartillas justo ahora. Creo que me siento culpable de hallarme en el Café Mictlán, no oyendo a mi interlocutor, no disfrutando del merecido descanso. Tengo remordimiento y no entiendo por qué, pues trabajo duro en aquella novela y ejerzo mis creencias en la constancia, sin mencionar mi veneración al rigor. A los pocos minutos me percato del efecto subliminal proveniente desde mi vaso. Un ojo me observa con fijeza. Está escrutándome, listo para atacar con la pupila acusadora. O bien, mira al vacío donde estoy sentado, un vacío porque apenas atiendo a quien habla y sugiere ideas para tomarme un pequeño retiro, terminar de una vez por todas la revisión de la novela. Un vacío a causa de que estoy hipnotizado por esa lente monofocal, obedeciendo el mandato de registrar la imagen con la cámara fotográfica y quedármela para siempre como flagelo.

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Los anteojos de Chéjov en la delgada línea roja


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Crónica de un viaje relámpago a Tierra Caliente

En mi primera fase del camino a Nueva Italia saco la mano por la ventanilla del taxi, rumbo a la Central Poniente. Refresca la brisa y presiento el calor de Tierra Caliente. Empero el breve frescor, el taxista que conduce hastiado por Tlapan mueve la sintonía de su estéreo y brota del aparato un comunicado breve sobre la captura del líder de las autodefensas, muy cerca de mi destino. Preso en Apatzingán. No vayas a Apatzingán, me advirtió un par de amigos. Inevitablemente recordé que meses atrás se me dijo: No vayas a Nueva Italia. Y también vía telefónica escuché de quienes me invitaron a impartir un taller de cuento, animosos y felices, un preocupado no vengas, es mejor posponer tu visita. No valía la pena el riesgo, ahí donde José y Margarita me pidieron hablar de ficción. Mejor que se calme todo. Y qué hago con la adrenalina que me preparó para el viaje, pensé entonces. Continuar leyendo…

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Bajo el volcán


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Para escribir, hay que ventilar de vez en cuando los bronquios y liberar el flujo adrenalínico que origina emociones. Acosado por este pensamiento abandoné el escritorio y partí del mundo acelerado, hiperbólico, a un retiro escritural al pie del volcán, suceso apenas novedoso si se piensa en el terrible Lowry y sus evocaciones etílicas. Pero ése era mi viaje para volcar palabras. ¿Por qué al volcán? Es posible que el inconsciente me guiara, o el instinto, no siendo yo nadie para impedirlo. Presiento que tenía la deuda del retorno a sitios que recorrí en la infancia. Si la Tierra se expresase también por escrito, otra sería la Historia; también ella ventila sus conductos por aberturas horadadas en la roca, una de ellas el cono granítico del Popocatépetl. Por naturaleza, la Tierra se sacude en estornudos geológicos y sus volcanes erupcionan, ofreciendo espectáculos que pueden presenciarse vía satélite y electrónica. A lo largo del Anillo de Fuego coronado por volcanes, la Tierra expresa su emoción intensa. El consonántico Eyjafjallajökull, el estruendoso St. Helens, el turístico Mauna Loa, el devastador Krakatoa, los asesinos Etna y Vesubio… y el sacro Pococatépetl (en náhuatl, monte que humea, de 73, 000 años de antigüedad y 5, 450 metros de elevación) son todas ellas elevaciones activas, prontas al fuego y la tentación por lapidarnos.

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La tarde del asesino


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¿Cuántas veces había estado en la entrada del laberinto? Presto a subir las gradas, cuido el equilibrio para no ser atraído por el ojo arenoso que desde el centro me mira. (El laberinto circular es el más engañoso de todos). Andaba cazando una certeza y se me colocó aquí. Me he perdido en otro dédalo de vivencias, el conocimiento me pesa al hombro, hace tiempo que mi ciudad ha dejado de asombrarme… Si quieres encontrarte, piérdete en un estadio, deslízate por una plaza, ábrete paso por los anfiteatros de Roma…

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Anotaciones amnióticas


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Un sobresalto de lava me llamó desde las entrañas de la Tierra; guiado por el instinto dirigí los pasos donde un joven vestido de blanco me sonreía con candidez. Señaló la entrada de mi destino, ese casquete imponente de piedras y tierra con la abertura a modo de portal que había esperado por mí mientras vagué por el mundo. Vas a volver al vientre de tu madre, me prometió, y yo que estaba ahí para creer, creí. Llegué dos días antes al lugar con la intención de una experiencia; años atrás estuve ahí y me retiré con las manos vacías, pero siempre supe que el sitio me debía algo y volví por él. Caminé entre la invasión de ofertas que iban desde la lectura del Tarot, las terapias africanas, hindúes, las limpias peruanas, el Feng Shui… Acupuntura, Reiki, sanaciones de Catemaco, reacomodo de chakras, masajes holísticos, flores de Bach, en fin, una pléyade prolija en espiritualidad aparecía a mi vista: turismo místico. Aún conservo la postal adquirida hace años en la que, al fondo del poblado, se aprecia el montaje de una nave interestelar venida de los espacios profundos, souvenir para quienes ansían avistar inteligencia E.T. en las inmediaciones sobre el ocasional manto de neblina.

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