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Anotaciones amnióticas


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Un sobresalto de lava me llamó desde las entrañas de la Tierra; guiado por el instinto dirigí los pasos donde un joven vestido de blanco me sonreía con candidez. Señaló la entrada de mi destino, ese casquete imponente de piedras y tierra con la abertura a modo de portal que había esperado por mí mientras vagué por el mundo. Vas a volver al vientre de tu madre, me prometió, y yo que estaba ahí para creer, creí. Llegué dos días antes al lugar con la intención de una experiencia; años atrás estuve ahí y me retiré con las manos vacías, pero siempre supe que el sitio me debía algo y volví por él. Caminé entre la invasión de ofertas que iban desde la lectura del Tarot, las terapias africanas, hindúes, las limpias peruanas, el Feng Shui… Acupuntura, Reiki, sanaciones de Catemaco, reacomodo de chakras, masajes holísticos, flores de Bach, en fin, una pléyade prolija en espiritualidad aparecía a mi vista: turismo místico. Aún conservo la postal adquirida hace años en la que, al fondo del poblado, se aprecia el montaje de una nave interestelar venida de los espacios profundos, souvenir para quienes ansían avistar inteligencia E.T. en las inmediaciones sobre el ocasional manto de neblina.

Así, de regreso un trienio después, mi andanza me condujo donde ese joven ofrecía en inglés a turistas alemanes, o austríacos, su holistic spa. Pagué mi turno; sólo debía esperar una hora, el tiempo justo para escurrirme entre los puestos de copal, reliquias y comida local en busca de un traje de baño. Presentí que la experiencia próxima involucraba el reconocimiento, debía guardar el recuerdo de mi pacto y para tal elegí una pulsera de ixtle con pequeñas piedras de ónix que até a mi muñeca como mi compañía en la iniciación. De vuelta al spa, el místico me indicó un sitio para colocar mi maleta y condujo mis pasos al huerto pequeño de su establecimiento,  con vista a las montañas verdes. Descalzo, pisé el césped. Me impregnó del humo y aroma de árboles antiguos mientras entonaba cierto canto en español y náhuatl; otro maestro, quizá cinco años mayor que él, un indígena moreno y sonriente rondaba en la cercanía con instrumentos de música ancestral. Él te acompañará en tu viaje, permanecerá fuera mientras tú entras, escuché. Tocará el tambor, que será como tus latidos y los de tu madre cuando estabas en su vientre. Ven. Me llevó a la entrada del temazcalli que esperaba por mí. Ahí dentro, continuó el joven, serás como embrión y saldrás otro. Ya dentro de la construcción, me explicó que las piedras que ardían dentro venían del centro de la Tierra. Piedras volcánicas. Piedras muy viejas y muy sabias. Su voz sonaba dulce. Me instruyó en los modos de adoptar la posición fetal (la del origen del mundo) en el momento requerido y se despidió con la promesa de volver una hora después. Las rocas que vaporizaban la cavidad ardían al rojo vivo. Mi mano sostenía el ramo de manzanilla y hierbas sagradas, aromáticas, para que los pasase por mi cuerpo en los instantes propicios. Se me dejó un tambo de agua fría para refrescarme, hecho que de momento supuse insólito: pensé en un shock, un coma que me tumbaría al enfrentarse lo caliente y lo helado (temblor de elementos en conflicto). Me quedé solo. Solo y sólo yo, con mi madre y mi alma. Ya olía a manzanilla vaporizada que empezaba a pasar a mis poros. En cuclillas me dispuse a iniciar el trayecto.

Iba. Iba y deseaba venir. Dioses, a ustedes dirijo ni plegaria ahora que estoy al lado de mi madre, dentro de ella; en su manto protector me hará renacer y preparará para la guerra… Sólo a solas nos confrontamos. El vapor fluía, era respirado, expelido por mi boca y nariz, sin que distinguiese el momento en que el espacio semiesférico se tornó en cápsula aislante cuya frontera dejó el mundo fuera. Me sentí protegido, aquel era mi sitio de calidez. Muy a lo lejos el balido de un cordero, o un grupo de ellos, y el tañido de la campana de la capilla, invocando a Dios Padre en la hora nona. Gansos graznaban; sobre la rama del ciprés llorón que resguardaba las cercanías del spa un pájaro llamó a todos los pájaros del cielo. Esa exterioridad no me pertenecía, porque el centro de la Tierra estaba poseyendo mis huesos. Era sólo esqueleto en su envoltorio de piel pasmada, expectante al sentido de la vida: ya fuese glorioso o trágico. Era hijo del subsuelo. Era criatura de los dioses, y savia y sudor (invoco aquí la palabra sudario). Qué solos estamos en el vientre de nuestra madre. Pese al vínculo primero, aun se esté acompañado (era mi caso, como gemelo) uno se halla a solas en el suspenso límbico de la viscosidad amniótica. Dentro de la piedra flotaba igual que cuando feto, hasta que el impulso nacido de otro impulso más adentro me hizo tomar la jícara y echar agua helada al cuerpo que conformo. ¡Cuán vivificante!, así debió ser para Lázaro en los infiernos el contacto con la gota de agua sobre su lengua.

En el momento de la opresión vaporosa, colocado en posición fetal sobre el suelo para respirar mejor y próximo al paroxismo, oí la flauta del músico. Siguió el tambor. Los golpes eran familiares, de hacía décadas: se trataba del corazón del mundo. Ahí estaba la Madre transmitiéndome confianza para el trance que seguía. Cada percusión fue un recuerdo. Iba y venía. Iba. El maestro se retiró de la puerta de mi cápsula. Quedaron los balidos de los becerros en la lejanía, al otro confín del universo. Continuaba yo. Solo. Sólo yo. No me abandones a mi suerte, ángel. Desamparo. Ahora la Madre estaba fuera y yo dentro. La manzanilla dentro de mí, que como tónico me había reconfortado, preparado para nacer, resultaba extraña; sí, la Madre se había ido. Palpé el ixtle alrededor de mi muñeca. Ahora sí me hallaba en soledad, ante el suspenso monofónico. No, era asfixia. Tirado en el suelo había sido más fácil respirar, ya no más. El maestro me advirtió que de no soportar la experiencia asomase la cabeza y le llamara. Pero, me dije, no había entrado al temazcalli para pedir auxilio. En la cabeza se acumuló la presión.

El vientre pedroso empezaba a expulsarme. Tal es (y lo entendí entonces) la angustia del próximo a nacer, cuando las contracciones lo arrojan del que había sido su hogar líquido, su ámbito de seguridad. Yo soportaré, madre, hasta que llegue el momento de que el maestro asome la cabeza y me llame. Esa era mi redención. En mi trayectoria vital fui nacido prematuro de ocho meses; quiero decirlo de otro modo: huí del vientre a destiempo. Ahora no ocurriría. Esperar, quedaba esperar. Sudaba la sien y la nuca. Era todo humedad hasta que llegó el momento de nacer.

Desde el exterior me llamaron por mi nombre. Aturdido, entregado a lo que viniese, despaciosamente, salí. Cuerpo vaporoso y piel enrojecida. Aspiré como quien respira después de larga inmersión en las profundidades. Anduve a gatas sobre la tierra que circuía al vientre hasta quedar encima del césped, al lado del aspersor, con las faldas del Tepozteco en el horizonte. Acepté la cubetada de agua fría que me ofreció el maestro, ¿qué alma vuelta de los desiertos interiores rechazaría la vida? Eso era, estaba en la nueva vida para ser cubierto por el manto protector de mi toalla, para recibir el flujo del aspersor que bañaba mis pies con agua helada. Volveré en un momento, dijo mi guía, tómate el tiempo que quieras. Al minuto se acercó el otro maestro con un vaso de té. Manzanilla. Antes de que partiera le balbucí que ese había sido mi momento, que por muy lugar común a que sonase, mi vida era dos vidas, una antes, otra ahora. Así es, respondió alejándose, dejándome con el universo.

Ése que entró por mis fosas nasales aún humedecidas era otro aire. La campana sonó de nuevo en el hueco de su cúpula, que bien podía ser el cielo. A la distancia caraquearon gallinas estremecidas por el espectáculo de la tarde sobre la redondez del mundo. El flujo acuoso del aspersor continuó bañando mis pies desnudos mientras bebía el té de manzanilla dulce, caliente (vida, incorpórate a mí). Un moscardón verde, de esos que otras circunstancias resultan molestia, empezó a danzar alrededor mío. Voló y zumbó la mosca sagrada describiéndome el enigma del existir; me amaba y la amaba (ya transcurrida la experiencia en los recovecos de mi memoria para medrar más tarde, entiendo que el momento fue postergado porque, para hallarme ahí, debía estar preparado, haber sido llamado a ello). Antes de dar el ultimo trago al té restaurador, de ahí en adelante mi elíxir, respiré con el mismo azoro que el insecto, las gallinas, el cordero que volvía a balar; miré el aspersor lanzando chorros de vida al verdor y, de nuevo, aspiré el aliento de la resurrección que imponente, eterna, inamovible, me daba la bienvenida.

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