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Postit con la palabra desorden


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El desorden tiene una cantidad inmensa de nombres y proyecto escribirlos todos en postits de colores para pegarlos, en orden estricto, sobre una pared inmaculadamente blanca.

Inevitabilidad del desorden

A la naturaleza no le importa el orden, y que quizá haya algo de intervención del desorden para el surgimiento de la vida. Sé que el orden da posibilidades al no, y también al sí. Desde el hecho de que no hay unidad, unicidad ni uniformidad en el mundo, existe el desorden. Construir orden, sin duda, genera niveles de desorden en otros sitios del espacio, o en el tiempo.

Desorden a veces inefable

Me pregunto con insistencia por qué el desorden, pese a su potencial creador, posee el atributo de prodigarme sentimientos contradictorios: genera respeto en mí, casi al grado de la prosternación, y me induce a los pocos segundos la sensación de asfixia.

 Puedo experimentar la admiración de los adeptos frente al derrumbe de una formación glaciar, puedo temblar ante el misterio del desorden, puedo saberme parte de ese desorden universal, entrópico y desbordado de la materia, empotrarme en el centro de las creaciones de un dios demente, a la orilla del polvo, de pie y a continuación tumbado, y de nuevo de rodillas. En la antípoda del sentimiento, desato presuroso las amarras para, a contracorriente, remar a brazo partido lejos de las conformaciones heladas (a punto del quebrantamiento) por sitios en que derrumbes menores me guían hacia el remanso de aguas de quietud. Para el agua no hay distinción entre la furia de la tempestad y el estado de pureza que les es posible en su propia superficie, a veces inefable, que no es sino mística, tributo declarado a los dioses del orden.

La oxidación como triunfo infame del desorden

Hace poco vi caer en abundancia óxido de una puerta vieja; sus hierros a punto del colapso se deshacían por la corrosión, y me inquieta saber si el óxido es un estado natural del metal. Es posible que el proceso de oxidación avanzase pacientemente, en lucha contra el orden del material de origen; silencioso enemigo, paciente en su trabajo criminal de picar en los escondrijos del metal, asirse, conseguir terreno a pulso, lo vi a punto de vencer a la puerta en un triunfo del desorden sobre lo creado. Imposible que descarte la posibilidad de que el hierro haya buscado llegar a ese estado (¿volver a sus inicios?), menos incómodo en el sentido de que estar así le requiere menos energía. La corrosión de los metales por sales, líquidos mineralizados, elementos de la intemperie, es digna del espanto.

Años atrás se me invitó a ver unas lujosas camionetas que habían estado a orillas del Pacífico por meses. Por sí misma y sin ayuda de seres parasitarios, la atmósfera marina se las había arreglado para penetrar, corromper, invadir, contaminar las superficies metálicas, ahora raídas de los vehículos, dejando pesados despojos rodantes, carcamanes desoladores. Había una belleza inexplicable en el espectáculo.

Desorden a veces corrosivo, a veces renovador

 He pensado en la susceptibilidad del alma a la oxidación. Quizá las almas férreas sean las más proclives al óxido, por la resistencia que presentan a los elementos, su exposición, su desgaste. Si bien, oponerse a lo estático del punto fijo, que no es sino la mediocridad, evoluciona las almas, en la misma proporción del esfuerzo que invierten para evolucionar es su desgaste, o sea, su vulnerabilidad al corrosivo desorden.

Ahora bien, ¿puede renovar el desorden? Imagino a Samuel Beckett bufando ante la lectura de las líneas precedentes, y apresurado para responder a la pregunta antes que ninguno, habida cuenta de que para él el único medio de renovación consiste en abrir los ojos y contemplar el desorden. Coincido plenamente con el, y también con la propuesta de dejarlo entrar, aunque no podamos entenderlo, porque es la verdad.

Tiranía del orden sobre el desorden

 Al desorden, sí, pueden dársele infinitos nombres; he perdido ya los postits para anotarlos. Hay, asimismo, una suerte de psique del desorden. Pese a todos los atributos filosóficos o de otras índoles que podrían atribuírsele, no me considero partidario del desorden. ¿Es creativo éste? Sí. ¿Y el orden? También, con la diferencia de que el último permite el flujo de la energía y facilita la respiración. Es tirano, por supuesto. El orden nunca será democrático. Anteriormente he tenido arraigada más allá de lo pensado la obsesión por el orden, al grado tal que era inconcebible imaginarme mis libros mal colocados, fuera de la línea perfecta en su formación, sin ignorar la búsqueda de armonía en los tamaños, temática, nacionalidad de los autores, etcétera, con tal de que el conjunto fuese perfecto. Alguna vez soñé (y sigo, y continuaré haciéndolo) con una cocina perfecta en su simetría o disposición, limpísima, minimal, más aún, una cocina digna de la imaginación fría, casi neutral y aséptica que empleara Wittgenstein en su época de arquitecto.

Conozco mis limitaciones humanas para generar el orden armonioso y soñado en mi entorno. Y qué de la tiranía del orden si es particular, íntima. Sólo el orden es capaz de generar, al menos en lo que a mí respecta, un acto consciente y creativo de belleza.

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