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Los anteojos de Chéjov en la delgada línea roja


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Crónica de un viaje relámpago a Tierra Caliente

En mi primera fase del camino a Nueva Italia saco la mano por la ventanilla del taxi, rumbo a la Central Poniente. Refresca la brisa y presiento el calor de Tierra Caliente. Empero el breve frescor, el taxista que conduce hastiado por Tlapan mueve la sintonía de su estéreo y brota del aparato un comunicado breve sobre la captura del líder de las autodefensas, muy cerca de mi destino. Preso en Apatzingán. No vayas a Apatzingán, me advirtió un par de amigos. Inevitablemente recordé que meses atrás se me dijo: No vayas a Nueva Italia. Y también vía telefónica escuché de quienes me invitaron a impartir un taller de cuento, animosos y felices, un preocupado no vengas, es mejor posponer tu visita. No valía la pena el riesgo, ahí donde José y Margarita me pidieron hablar de ficción. Mejor que se calme todo. Y qué hago con la adrenalina que me preparó para el viaje, pensé entonces.

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p style=”text-align:left;”>Ahora voy, con Chéjov en la maleta.
 Esto inicia para mí como una cadena de suposiciones. Conocemos el mundo mediante suposiciones que aspiran a certezas, aunque llevo tiempo no queriendo mirar lo que da en llamarse trasuntos de la realidad. Creo en la ficción. La ficción es más poderosa que la realidad, me aseguro siempre. La ficción no es evasión, sino transgresión. Lo real contamina la ficción. Yo quiero transgredir.

¿Pero qué contamina lo real dentro de la misma realidad? Ansío saberlo. Me han dicho todo de la Nueva Italia. Nueva Italia es zona de guerra desde los años 40. En resumen: un páramo que los italianos convirtieron en vergel que daba limones, melones y arroz, expropiado treinta años después por Lázaro Cárdenas con sueños de emancipación libertaria y repartido entre ejidatarios que desde entonces se han matado por eso que pasó a ser de todos y por tanto de nadie. Luego aparecieron ellos y establecieron aquí su centro de operaciones. En los días de la primera invitación leí en los informes al vapor de Yahoo! que las carreteras de acceso estaban tomadas por… ¿ellos? Eso es a lo que no quiero atreverme: a nombrar. ¿Narcotraficantes? ¿Sicarios? Hace años que en los libros que hojeo en las mesas de novedades en librerías leo esos denominadores. Cártel. Cocaína. Sicario. Los leo en novelas que se venden con furor como estandarte de la ficción. Luego la realidad irrumpe y me golpea el hombro. Me deja una marca. La realidad es que hace semanas podía ocurrir cualquier cosa en el cruce de Cuatro Caminos, un sitio de paso inevitable. No veo noticiarios televisivos, pero la realidad me alcanza para volver a palmearme. Y pesa su mano. Lo real es denso, tiene peso y sustancia. Y yo que, según yo mismo, propongo el contrapeso de la ficción. Transgresión con las leyes de la estructura. Maupassant. Chéjov. Valadés. Pero quienes estaban incendiando autobuses aquellos días y disparando contra la población no tienen interés en la ficción. Tan sólo hace escasos meses las autodefensas avanzaron por Uruapan e irrumpieron en Nueva Italia. Luego el ejército. Eso he leído en diarios. Y creo, ya durante el viaje en autobús en ese trayecto por territorios secos, páramos aislados, que aún me siento eufórico desplazándome por fin a la Nueva Italia para hablar de las leyes de la ficción.

Ahora voy, decía. José y José Luis me lo pidieron. Queremos hacer algo ahora que es posible volver a salir a las calles. Algo. Pienso en la llamada de José. ¿Quieres venir? Ya no paran los autobuses en las carreteras. Se puede respirar. Hace dos meses y medio aún no se podía. Respondo que encantado. Otra vez esbozo mi plan de un curso relámpago de cuento en el que la gente entienda la idea básica de la ficción y escriba una historia breve. Antes de mi salida compartí con amigos y mi esposa la emoción por ir. El plan del curso. Sobre todo que me embargaba un sentimiento de honra por ser parte de ese plan. Un Plan. Hacer algo. Qué maravilloso es ese par de palabras: Hacer algo.

Repito como mantra a lo largo del viaje —siete horas desde el Distrito Federal, con próxima escala en Cuatro Caminos— que tomaré mis precauciones. No temo a la realidad, ni nombrar la realidad. Temo la contaminación de la realidad a la obra de arte. No tiemblo si un diario me inunda a ocho columnas de realidad, sin embargo prefiero que el bienintencionado y torpe Yahoo! me bombardee de esa realidad a que una ficción fomente la muerte del imaginario, el universo particular del escritor.

Que Chéjov me acompañe. Pasa el autobús por Tancítaro, al lado de camionetas de autodefensas formadas en batería en la vera de la autopista. Tancítaro está lleno de autodefensas. Sus mantas decoradas con palomas dicen Por un México en paz. Llegando a Cuatro Caminos, contemplo más autodefensas apostados en la carretera, en trincheras de bultos de arena y llantas de autobús. Vestigios de fuego. Un poco más allá, policía militarizada recorriendo cada esquina como en estado de sitio (lo es).

Estoy en Nueva Italia y hace calor. 46 grados.

Fuera de eso todo parece normal. Nada de balaceras. ¡Parece de pronto que en ese lugar nunca ha ocurrido nada! Mis dos libros de Edmundo Valadés bajo el brazo, y los cuentos de Chéjov, y más. Sólo busco el clima artificial o ventiladores que me refresquen. José y José Luis, quienes me recibieron, charlan a unos metros, hasta que Mario y Tzitziri, de catorce y doce años respectivamente, se acercan amistosos a hablarme, ya llegada la noche, una vez que he sido presentado ante mis alumnos del curso de cuento. Qué me parece eso, me interrogan. Y se sueltan hablando de la violencia que conocen desde que nacieron. No debes decir a nadie de fuera que eres de Michoacán, me dice Mario. Mejor que eres de Jalisco o de Guerrero. No de Michoacán. Ríen. Tan luego acaban su historia se olvidan del asunto y ya me están mostrando en la bóveda celeste las constelaciones Camelopardis, Osa Mayor, Orión, el planeta Júpiter. Niños astrónomos. Llevo años sin ver un cielo estrellado. Incluso me olvido del calor seco y posteo en Twitter: Pocas cosas como el cielo estrellado de Nueva Italia. Además, entra la primavera al día siguiente y el aroma de la noche es perfumado por los limoneros.
José me ha dicho que el crimen organizado (me duele usar el término, hiere mi imaginario particular recorrido por ficciones en las que también hay crímenes, venganzas, pero de ésos que todos quisiéramos cometer, crimen puro, no organizado) ha pasado la factura a los pobladores: cuotas por uso de suelo, sesión de propiedades, cuotas por la arena, cuotas por el limón, cuotas por el aguacate. Ellos llegan por el impuesto al limón. Su impuesto. Todo les dio la gente por puro miedo. Entonces derramaron el vaso. Mañana paso por tu mujer. Pasado mañana por tu hija, y la quiero bien arregladita. Fue la gota que desencadenó la tormenta. Les han dado su dinero. No entregarán sus mujeres a esos hijos de puta. ¿De dónde sale el dinero para las autodefensas?, pregunto con cautela a José, que me lleva a comer morisqueta. Ah, el dinero ya lo tenía el pueblo, era el destinado a las cuotas y uso de suelo que de todos modos debían entregar a los criminales para no ser atacados o muertos. Mejor se lo damos a otros, esos que van a protegernos y que ellos, algunos matones a sueldo, compren las armas, no importa dónde. Y radios. Un radio es igual de útil que un rifle para las autodefensas.
Apenas hay tiempo para indagaciones en mi viaje relámpago. No vine a hacerle al reportero. Vine a hablar de ficción y a descubrir el oro verde de los limoneros a mi vista. Pocas cosas como lo limones, pequeños y muy jugosos de Nueva Italia. Pocas cosas como sus quesos y la gente afable, dulce que los prepara. José, Margarita, Elena y Ema se solazan enseñando juegos matemáticos en el parque. Saben que hacer algo es lo que cuenta.

Yo a lo mío. Afirmar que es una oposición de voluntades la que origina las historias. La ficción en un deicidio. Leemos Una apuesta y que sea bendito Chéjov, porque hay almas inmensas en el mundo del cuento, pero la de él resplandece. Al hacer una pausa y fumarme mi Delicado veo pasar un par de camionetas con autodefensas de quienes nunca sabré exactamente quiénes son. Tampoco es prudente preguntar el nombre a miembros de la Policía Federal, que infestan las calles de azul, algunos bajo toldos revisando dentaduras, otros tocando trompetas y guitarras, porque suponían a Nueva Italia sin música. Yo vine a hablar de cuento.
Las leyes de una realidad insospechada, o como se llame aquello, hacen que Margarita me diga, riendo, algunas verdades. Que vine a exponer qué es ficción en este sitio de fuego. Y no traje lecturas afables. Puedo escribir violencia sin menoscabo ni moral. Violencia. Le repito con una sonrisa que el cuento transgrede la realidad y por eso es mejor que la realidad, enfatizo de inmediato que no son palabras mías. Que el cuento para Cortázar es invertir en ocasiones la pulsión destructora en creatividad y belleza. E Irene también ríe poco antes de despedirse de mí porque los cuentos que leímos, previos a la ansiedad de los neoitalenses para contar, ya, historias de índole varia, eran relatos sádicos y crueles: Joseph Smith, el profeta mormón amagando con milagros como la parálisis, la ceguera, el tullimiento. Un maestro verdugo adiestrándose en el arte de la decapitación perfecta. Fredric Brown convocando el Apocalipsis y al último hombre sobre la Tierra, antes de que alguien llame a la puerta… Es aquello una divertida paradoja. Irene me muestra su último ejercicio. Un cuento nostálgico sobre cierto columpio abandonado.

En el hotel, ya en el marasmo de la partida, sudoroso y exhausto coloco en la maleta los libros de Edmundo Valadés, Fredric Brown, Cortázar (Chéjov encima) para volver a la realidad y su toque de hombro. No ha bajado mi euforia, pero bostezo aletargado por el calor. Es el retorno desde algo parecido a un sueño a la realidad densa. Realidad contradictoria y por eso mismo asombrosa que me descubre ajustando esto. Despidiéndome.

Foto de encabezado: Agencia AFP.

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