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Un ojo me mira desde el vaso


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En el oriente de Ciudad de México, un amigo escritor me habla entusiasta de su proceso creativo con fotografías, texto, multimedia, &c., mientras yo escucho fascinado, tomo notas mentales de sus ideas y a la par explico mis propios puntos de vista sobre el acto escritural, ante todo el de una novela cuya revisión me obliga a amplias ausencias de la realidad. Así, el amigo entrañable continúa sus disertaciones. Yo oigo su voz pero de pronto ya no escucho, estoy pensando en la novela que me tiene exhausto. Incluso me digo: No debería estar aquí, bebiendo CocaCola, sino corrigiendo un par de cuartillas justo ahora. Creo que me siento culpable de hallarme en el Café Mictlán, no oyendo a mi interlocutor, no disfrutando del merecido descanso. Tengo remordimiento y no entiendo por qué, pues trabajo duro en aquella novela y ejerzo mis creencias en la constancia, sin mencionar mi veneración al rigor. A los pocos minutos me percato del efecto subliminal proveniente desde mi vaso. Un ojo me observa con fijeza. Está escrutándome, listo para atacar con la pupila acusadora. O bien, mira al vacío donde estoy sentado, un vacío porque apenas atiendo a quien habla y sugiere ideas para tomarme un pequeño retiro, terminar de una vez por todas la revisión de la novela. Un vacío a causa de que estoy hipnotizado por esa lente monofocal, obedeciendo el mandato de registrar la imagen con la cámara fotográfica y quedármela para siempre como flagelo.

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