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Si un atardecer de primavera


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Fue un atardecer de primavera, pero casi anochecía. Según el reloj era de noche. Según mis ojos atosigados de belleza (qué bueno que no me derrumbé sobre el circuito vial) era un atardecer eterno. Soy sólo yo el responsable, y no la tecnología, si no logré plasmar un céntimo de esa maravilla, promediando aquella luz que aleteaba.

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Bajo el volcán


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Para escribir, hay que ventilar de vez en cuando los bronquios y liberar el flujo adrenalínico que origina emociones. Acosado por este pensamiento abandoné el escritorio y partí del mundo acelerado, hiperbólico, a un retiro escritural al pie del volcán, suceso apenas novedoso si se piensa en el terrible Lowry y sus evocaciones etílicas. Pero ése era mi viaje para volcar palabras. ¿Por qué al volcán? Es posible que el inconsciente me guiara, o el instinto, no siendo yo nadie para impedirlo. Presiento que tenía la deuda del retorno a sitios que recorrí en la infancia. Si la Tierra se expresase también por escrito, otra sería la Historia; también ella ventila sus conductos por aberturas horadadas en la roca, una de ellas el cono granítico del Popocatépetl. Por naturaleza, la Tierra se sacude en estornudos geológicos y sus volcanes erupcionan, ofreciendo espectáculos que pueden presenciarse vía satélite y electrónica. A lo largo del Anillo de Fuego coronado por volcanes, la Tierra expresa su emoción intensa. El consonántico Eyjafjallajökull, el estruendoso St. Helens, el turístico Mauna Loa, el devastador Krakatoa, los asesinos Etna y Vesubio… y el sacro Pococatépetl (en náhuatl, monte que humea, de 73, 000 años de antigüedad y 5, 450 metros de elevación) son todas ellas elevaciones activas, prontas al fuego y la tentación por lapidarnos.

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