Fue un atardecer de primavera, pero casi anochecía. Según el reloj era de noche. Según mis ojos atosigados de belleza (qué bueno que no me derrumbé sobre el circuito vial) era un atardecer eterno. Soy sólo yo el responsable, y no la tecnología, si no logré plasmar un céntimo de esa maravilla, promediando aquella luz que aleteaba.