Odio

Ser novelista

Una percepción alucinada de la verdad


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Con tan sólo tres novelas, Adriana Díaz Enciso (Guadalajara, 1964) se ha consolidado como una de las más originales narradoras de su generación, quizá porque su obra, además de la fidelidad a un bloque de obsesiones, delata destellos constantes de su vocación lírica, la claridad de sus temáticas y un mundo rigurosamente personal.

El primer texto que leí de ella fue un magnífico cuento de humor negro sobre un asesino que regresa al lugar del crimen tras un debate interior, justo como el detective que lo detendrá ha previsto. En el orden cronológico de su aparición llegaron a mis manos La sed, su ópera prima novelística, y Puente del cielo. Ambas novelas mostraron al aprendiz que era yo entonces (nunca dejaré de serlo) la evolución de un estilo y el modo en que el artista consolida ese universo que habitará junto con nosotros a partir de un encuentro insospechado e invisible. Puente del cielo es una historia inquietante de enfermedad y delirio que nos trastoca mediante su lenguaje eficaz, un laboratorio propicio de experimentación donde aparece su protagonista, Julia, y un desconocido que bien podría ser el ángel del amor o bien el heraldo que pregona la ira de Gabriel, esto es, el ángel helado de la muerte. Al paso de los años, aquel libro inquietante nos ha conducido esta tercera novela donde la prosa alcanza su mejor nivel de potencia y precisión. Estas novelas, más la reunión de sus relatos y poemas, suman un trabajo depurado: no un conjunto de libros, sino una obra.

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