El arte de la novela

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Día de Muertos en la antesala del Infierno


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Este 2 de noviembre cumple ochenta años de narrada la historia de un día de duración, etílica y metafísica, que nos entregara Malcolm Lowry en Bajo el volcán. El 2 de noviembre de 1938, a ocho meses de la expropiación petrolera mexicana y entre la incertidumbre política que deparaba el gobierno de Cárdenas, el británico Lowry puso en la espalda de Geoffrey Firmin, el Cónsul, la responsabilidad de un lento descenso al Infierno (Lowry inició por esas fechas la novela, a sus escasos veintiséis años, y la culminó en 1947).

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Soledad, la novela maestra de Rubén Salazar Mallén


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Si tuviésemos que definir en breves palabras la novela Soledad, de Rubén Salazar Mallén, nos veríamos en la necesidad de decir que se trata de una obra maestra absoluta. No hay exageración al pronunciarlo. Es muy poco frecuente hallar, entre las obras de los años cincuenta del sigo pasado, una novela que pueda calificarse de actual y universal.

Sabemos que Salazar Mallén fue un escritor corrosivo, de ambivalencias, a quien el mundo literario de su época, y prácticamente el de la actual, le marginó hasta los límites. ¿Por qué razón? ¿Por sus deformidades físicas? ¿Por su carácter iracundo y la mayoría de las veces hostil? No. La causa primordial fue su férreo enfrentamiento al poder y los grupos de poder. Las vicisitudes de su existencia conllevaron la marginalidad de su propia obra y no fue extraño que se viese en la necesidad de publicar en editoriales de dudoso catálogo, como Costa Amic. Sus primeros ejercicios novelísticos debieron ser publicados en un sello llamado Ex Libris,  que a fin de cuentas no fue sino el apelativo que se inventó para una edición de autor, a la que llamó Ejercicios, entre los que se encuentra Soledad (otros de los títulos incluidos en Ejercicios son Adriana, Inexorablemente, Cándida y Ruta).

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El arte de la novela breve [taller]


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Reabro mi taller de novela breve en el Centro Cultural Elena Garro. El desafío de este taller es escribir el borrador de una ‘nouvelle’ en tres meses mientras se realizan lecturas pertinentes y sesiones de crítica grupal. En emisiones anteriores, algunos talleristas han finalizado el reto, publicado su obra y hasta obtenido premios literarios. Mayor información en el email indicado por el flyer o en isaimoreno@gmail.com.

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Look again!


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Gracias a John Berger me acerqué a otras modalidades de narrar, a nuevas maneras de la crítica y a un tipo original de novelas. Su inclinación nata a la escritura (en la que también pintaba, como lo hiciera ante un lienzo en sus comienzos de creador) nunca impidió que también fijase la mirada en la fotografía. Debo a sus libros respecto al arte de mirar, o aquellos donde plasma su particular visión —siempre la del novelista asombrado— en la visión de otros a través del ocular de una cámara, el cambio radical en mi percepción no sólo de la fotografía, sino la de la literatura. Sin John Berger y su Otra manera de contar, no habría creado ese taller de novela visual que llevo años impartiendo, y que a veces acaba aterrizando en la novela gráfica. Quizá él nunca se formuló la siguiente pregunta, pero yo sí a partir de su obra: ¿qué hace un narrador cuando tiene una cámara fotográfica en las manos? Desde la lectura de Otra manera de contar podría decir que abrí los ojos y me entregué a cierta maravilla escondida, a los ejercicios narrativos de muchos colegas escritores con cámara fotográfica en su poder. Más aún, desde ese libro maravilloso logré sospechar cómo los mejores autores saben ver con los ojos cerrados y tras los párpados proyectar el cine de la mente de la verdadera literatura. Su partida es la pérdida de un artista absoluto.

A continuación comparto algunos libros descargables de Berger: Cómo crece una pluma, Mirar, y el arriba citado Otra manera de contar.

Look again!, look again!, repetía siempre Berger a sus amigos.

Caja de herramientas, Ser novelista

Claude-Edmonde Magny y la travesía por el purgatorio ciego


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lettreLos enormes trabajos preparatorios a los que se entregó Valéry no son, tal vez, sino ese esfuerzo obstinado por alcanzar la integración del yo; su Monsieur Teste es la prueba. Sencillamente llevó a cabo estos trabajos con el mismo método, rigor y minuciosidad que quienes, a tientas, como Balzac, Proust o Kafka, logran alcanzar la luz tarde o temprano. En ese aspecto, todos se ponen de acuerdo con respecto a la poesía; sin embargo, es igual de cierto para la novela. La travesía por el «purgatorio ciego» es indispensable en ambos casos; a los novelistas que no se atrevieron a hacerla siempre les faltará algo. Su obra conservará un no sé qué árido y superficial, y si anhelan aparentar una emoción, su grito sonará falso. Es desde el exterior desde donde describirán el sufrimiento humano. […] El novelista puede permanecer sólo un poco comprometido con el purgatorio ciego; en su obra seguirá latiendo el «turbio latido de la miseria humana», más o menos como dice el poeta y crítico literario Matthew Arnold. Por ello, a veces ésta conservará algo de tensión y crispación casi insoportables para el lector, como en Malraux o en Faulkner, y será incluso susceptible de comprometer el equilibrio estético de la obra, como en Bernanos. Sin embargo, siempre estaremos seguros de que ante nosotros hay un «hombre». (Fragmento de Carta sobre el poder de la escritura).