Ser novelista

Soledad, la novela maestra de Rubén Salazar Mallén


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Si tuviésemos que definir en breves palabras la novela Soledad, de Rubén Salazar Mallén, nos veríamos en la necesidad de decir que se trata de una obra maestra absoluta. No hay exageración al pronunciarlo. Es muy poco frecuente hallar, entre las obras de los años cincuenta del sigo pasado, una novela que pueda calificarse de actual y universal.

Sabemos que Salazar Mallén fue un escritor corrosivo, de ambivalencias, a quien el mundo literario de su época, y prácticamente el de la actual, le marginó hasta los límites. ¿Por qué razón? ¿Por sus deformidades físicas? ¿Por su carácter iracundo y la mayoría de las veces hostil? No. La causa primordial fue su férreo enfrentamiento al poder y los grupos de poder. Las vicisitudes de su existencia conllevaron la marginalidad de su propia obra y no fue extraño que se viese en la necesidad de publicar en editoriales de dudoso catálogo, como Costa Amic. Sus primeros ejercicios novelísticos debieron ser publicados en un sello llamado Ex Libris,  que a fin de cuentas no fue sino el apelativo que se inventó para una edición de autor, a la que llamó Ejercicios, entre los que se encuentra Soledad (otros de los títulos incluidos en Ejercicios son Adriana, Inexorablemente, Cándida y Ruta).

¿Por qué afirmamos que, en Soledad, Salazar Mallén nos lega una gran obra maestra? El crítico Christopher Domínguez Michael no duda en coincidir con ello, aun cuando tacha al autor de un novelista menor, no por Soledad, sino por el resto de su obra. Otros más, entre los que se hallan Evodio Escalante, Javier Sicilia o José Luis Ontiveros ven en esta novela la concreción de la obra de Mallén, basando su afirmación en la perfecta factura de su prosa. Sin lugar a dudas Stefan Sweig lo habría admirado y considerado maestro.

La novela trata de una jornada de descanso de Aquiles Alcázar, un hombre que atraviesa sus cincuentas, burócrata, no viejo aún, pero al que su entorno laboral ha orillado a una vejez que aún no le corresponde. Contrariado por no haber sido partícipe de la invitación a una excursión a la ciudad de Cuernavaca, decide infructuosamente echar a perder la fiesta a sus compañeros de trabajo, más jóvenes, que se asumen revolucionarios y que en cierta medida parecen ser los dueños del presente. Sale a la calle con un poco de fiebre, que acompaña a una gripa. A partir de ahí lo que le ocurre es una mezcla extraña de hechos reales con los productos de su imaginación, quizá causados por la fiebre que le aqueja, quizá la secuela psicológica a la que lo ha orillado su soledad. Un hombre solo en medio de una ciudad que empieza a ser una de las más populosas del orbe, llena de cambios progresistas, en los que la juventud relega a los viejos al olvido. En pleno Centro Histórico de la ciudad de México, sin que el autor de la novela caiga en la vulgaridad de ofrecer a sus lectores un bloque de panorámicas y tarjetas portales, Aquiles Alcázar empieza a tener una desconexión de la realidad, ve cosas, se sumerge en el pasado, recuerda, teme, odia. Su rencor no es infundado, aunque en principio tampoco tiene un sujeto propio al que ser dirigido. ¿Debe odiar al mundo y posiblemente al universo?     

Es cierto, Soledad tiene una prosa perfecta, difícilmente un corrector de estilo o un escritor consumado encontrará una coma mal puesta, pobreza de estilo o errores de sintaxis o argumentales. Por el contrario, la novela bien podría ser considerada un libro de lectura obligada para todo aprendiz de novelista. En la transparencia de sus construcciones está parte del secreto de que esta obra fluya con una celeridad impresionante.  Por otra parte, sus imágenes certeras, que nada piden a las de un poeta, confieren a la novela de una riqueza sin igual: agrandan el panorama perceptivo que el novelista transmite al lector y le dotan de ese carácter de extrañeza que puede poseer la realidad:

De pronto tuvo la ilusión de que el señor Vázquez hablaba desde muy lejos, desde una lejanía no física, sino desde una rara distancia sin medida.     

Salazar Mallén es un maestro de la tensión narrativa. A medida que se avanza en la lectura de su libro, se presiente una acción contenida, que se viene postergando. En Soledad no pasa nada y a la vez pasa todo. La habilidad de su autor va más allá de sólo tensar su texto como se hace con el arco para lanzar la flecha a una lejanía impensada: mantiene su intensidad hasta la última línea. Su novela, por fortuna, no está congelada en los años cincuenta. Si leemos La paloma, de Patrik Süskind, pequeña obra maestra de la paranoia, poderosa y contundente, tendremos la impresión de que Soledad no ha sido escrita en su época y que Mallén compartió generosamente sus secretos con Süskind. En el trayecto de la obra, Aquiles Alcázar ve dislocada su realidad circundante: de pronto camina por las calles del centro histórico, y repentinamente se encuentra en el interior de un tranvía, o el de una taberna. Esto es propio y exclusivo del genio distraído que camina por las calles desarrollando una nueva teoría del universo, o de un esquizoide. Alcázar posee la neurosis propia de todo humano, pero que degenera en paranoias, muy al estilo de los personajes de la obra narrativa Strindberg, y en momentos de esquizofrenia moderada, aunque sin llegar, por supuesto, a la psicosis (¿o será una manera de la psicosis o psicopatía el que se imagine con lujo de detalles a sus compañeros muertos en plena autopista, víctimas de un brutal accidente automovilístico y desee su muerte?).

Demos un vistazo a la época actual, en la que las grandes urbes albergan a miles, millones de Alcázares que deambulan en los parques, en calles al abandono, en butacas de cine, en los malls, en asilos o nosocomios. Alcázar vive en un mundo interior que, a todas luces lo expulsa y devuelve periódicamente a la realidad. Alucina con el demonio, con Dios. Quiere ser el artífice mental de una catástrofe:  ¿Sabemos acaso qué fuerza, qué aptitud para realizarse tiene el tiene el deseo, no obstante que no lo acompañe la acción? Luego se siente culpable. Es el protagonista perfecto de la perfecta novela psicológica. Sólo otro autor, el japonés Riunosuke Akutagawa, ha logrado dar un atisbo al mundo de la dislocación. En diario de un loco, Akutagawa nos muestra la situaciones esquizoides de un artista, un escritor, a quien el mundo exterior se le va desmoronando espacial y temporalmente para dar paso a los monstruos de la psique. 

El grito aterrador que exclama al final el protagonista de Soledad: Y yo qué solo estoy, Dios mío… ¡qué solo!, bien podría ser comparado al del hombre de la pintura de Münch. Es el grito del hombre posmoderno. El grito del hombre esquizofrénico del siglo XX que predice la canción de Robert Fripp. El grito final al que fluye veloz, sin concesiones para el lector, la prosa de Soledad con la que Salazar Mallén no sume en la amargura de una profunda e irreversible ironía.

Isaí Moreno, ensayo del 2009.

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