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MOLESKINE HORIZONTAL | Notas mentales del autor

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El arte de la novela breve [taller]


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Reabro mi taller de novela breve en el Centro Cultural Elena Garro. El desafío de este taller es escribir el borrador de una ‘nouvelle’ en tres meses mientras se realizan lecturas pertinentes y sesiones de crítica grupal. En emisiones anteriores, algunos talleristas han finalizado el reto, publicado su obra y hasta obtenido premios literarios. Mayor información en el email indicado por el flyer o en isaimoreno@gmail.com.

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Look again!


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Gracias a John Berger me acerqué a otras modalidades de narrar, a nuevas maneras de la crítica y a un tipo original de novelas. Su inclinación nata a la escritura (en la que también pintaba, como lo hiciera ante un lienzo en sus comienzos de creador) nunca impidió que también fijase la mirada en la fotografía. Debo a sus libros respecto al arte de mirar, o aquellos donde plasma su particular visión —siempre la del novelista asombrado— en la visión de otros a través del ocular de una cámara, el cambio radical en mi percepción no sólo de la fotografía, sino la de la literatura. Sin John Berger y su Otra manera de contar, no habría creado ese taller de novela visual que llevo años impartiendo, y que a veces acaba aterrizando en la novela gráfica. Quizá él nunca se formuló la siguiente pregunta, pero yo sí a partir de su obra: ¿qué hace un narrador cuando tiene una cámara fotográfica en las manos? Desde la lectura de Otra manera de contar podría decir que abrí los ojos y me entregué a cierta maravilla escondida, a los ejercicios narrativos de muchos colegas escritores con cámara fotográfica en su poder. Más aún, desde ese libro maravilloso logré sospechar cómo los mejores autores saben ver con los ojos cerrados y tras los párpados proyectar el cine de la mente de la verdadera literatura. Su partida es la pérdida de un artista absoluto.

A continuación comparto algunos libros descargables de Berger: Cómo crece una pluma, Mirar, y el arriba citado Otra manera de contar.

Look again!, look again!, repetía siempre Berger a sus amigos.

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Un ojo me mira desde el vaso


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En el oriente de Ciudad de México, un amigo escritor me habla entusiasta de su proceso creativo con fotografías, texto, multimedia, &c., mientras yo escucho fascinado, tomo notas mentales de sus ideas y a la par explico mis propios puntos de vista sobre el acto escritural, ante todo el de una novela cuya revisión me obliga a amplias ausencias de la realidad. Así, el amigo entrañable continúa sus disertaciones. Yo oigo su voz pero de pronto ya no escucho, estoy pensando en la novela que me tiene exhausto. Incluso me digo: No debería estar aquí, bebiendo CocaCola, sino corrigiendo un par de cuartillas justo ahora. Creo que me siento culpable de hallarme en el Café Mictlán, no oyendo a mi interlocutor, no disfrutando del merecido descanso. Tengo remordimiento y no entiendo por qué, pues trabajo duro en aquella novela y ejerzo mis creencias en la constancia, sin mencionar mi veneración al rigor. A los pocos minutos me percato del efecto subliminal proveniente desde mi vaso. Un ojo me observa con fijeza. Está escrutándome, listo para atacar con la pupila acusadora. O bien, mira al vacío donde estoy sentado, un vacío porque apenas atiendo a quien habla y sugiere ideas para tomarme un pequeño retiro, terminar de una vez por todas la revisión de la novela. Un vacío a causa de que estoy hipnotizado por esa lente monofocal, obedeciendo el mandato de registrar la imagen con la cámara fotográfica y quedármela para siempre como flagelo.

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Soy un hombre que trabaja en una lechería 


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Peter Hamm: Para ser escritor tiene muy pocos libros en su casa. ¿A qué se debe?

Thomas Bernhard: A que los libros me abruman. Un sólo libro me basta. Soy un hombre que trabaja en una lechería: probablemente no querré mantequilla en su casa, ¿no? Si tuviera uno o mil paquetes de mantequilla en su casa se volvería probablemente loco.

Del libro ¿Le gusta ser malvado?

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Anaforismos de Anna Kullick Lackner sobre la escritura


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 Al depurar y corregir los recuerdos de los hijos, los padres les editamos la vida.

Mañana iré al café. Escribiré, leeré, conversaré… ¡Ah!, olvidé limpiar la casa, mejor sacudo mi altar de muertos.


La literatura me mueve. Me avienta a la calle tan pronto la luz del día.


Cuando no puedo escribir, me pongo a limpiar la casa. Dulce dice que es histeria; no sé, lo cierto es que mi casa es un espejo.


Amarro sobre mi cuello las cuerdas del mandil de carnicero: me pongo a escribir.


(Del libro Anaforismos, 1996, Verdehalago).